Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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Es la antipolítica

“La antipolítica no murió el 2000, con la dictadura fujimontesinista. Hoy uno de sus rostros más grotescos es el del candidato Rafael López Aliaga”.

Desde que Kuczynski asumió la presidencia de la república hace un lustro, el Perú vive una crisis de gobernabilidad, agravada por el golpe promovido por Manuel Merino, congresista de Acción Popular, el pasado noviembre. Hemos tenido tres presidentes en una semana, cinco jóvenes asesinados en protestas, un TC que abdicó de sus funciones en el momento más crítico, y escándalos de corrupción que no cesan de desintegrar lo que queda del tejido político. Con el vacunagate, lxs peruanxs vimos desdibujarse hasta la insignificancia a quien hasta hace poco fuera el presidente más popular en décadas; a dos ministras y a la comunidad científica encargada del control de la pandemia, mientras la gente moría, y sigue muriendo, por falta de oxígeno. Crisis moral encima de crisis política. Y, como si todo esto fuera poco, a menos de un mes de las elecciones debemos soportar un torrente de noticias falsas propaladas por sectores delincuenciales de ultra derecha que, no contentos con ver al país al borde del abismo, parecen empeñados en darle un último empujón, con tal de reinar, aunque sea en el barranco: llámense Willax. En el Congreso, seres de ideologías indefinibles e indefendibles hacen lo suyo. El momento político, parafraseando a Diego García Sayán, es “de horror”.

En nuestra historia hemos tenido momentos de ingobernabilidad semejantes. Lo fueron particularmente las primeras décadas de la república y la guerra del Pacífico. Pero la crisis actual, a diferencia de aquellas, no está precedida de una guerra, sino más bien de dos décadas de crecimiento económico y estabilidad política. Pero como la pandemia y los escándalos de corrupción desvelaron, lo que tuvimos fue, parafraseando a la antropóloga Ana Lucía Araujo, “crecimiento sin desarrollo”. Un Estado generoso en subvenciones para con las grandes empresas extractivas, de servicios, y agroexportadoras, pero maniatado cuando se trata de hacer asequibles medicinas, servicios básicos, de transporte y salud. Se entiende así que siendo probablemente el país que más ha crecido económicamente en la región en las últimas décadas, es el que menos ha invertido en salud, después de Haití y Venezuela (¡como para que lo piensen quienes endilgan a la izquierda el querer convertir al Perú en Venezuela!).

Entonces, no es, como propone Alberto Vergara, que la “promesa del neoliberalismo” se cumplió y ahora toca construir la república. La economía y la política no pueden analizarse como si fueran campos desconectados, porque el modelo económico se funda en una forma de actuar políticamente (incluso por omisión) a la que Carlos Iván Degregori llamó antipolítica. Esta caracterizó toda la década fujimorista, pero su “apoteosis” fue en 1993-1996, después del autogolpe y cuando empezó a regir la Constitución de 1993, aún vigente. Hoy no se habla del “chorreo” (termino despectivo para indicar como se beneficiarían económicamente los que menos tienen), pero la expectativa se mantiene. Degregori lo explicó con elocuencia: “Empresarios y periodistas cercanos al régimen postulaban que la democracia se daría por añadidura, como producto natural del desarrollo de la economía de mercado, lo mismo que la justicia social”. Además: “Opuesto a cualquier tipo de organización, el antipolítico prefirió presidir sobre un país amorfo, basado en una alianza de poderes fácticos: servicios de inteligencia, Fuerzas Armadas, empresarios, medios de comunicación y tecnócratas vinculados a los organismos financieros internacionales” (La década de la antipolítica, IEP, 2000, pp 58-61).

La antipolítica no murió el 2000, con la dictadura fujimontesinista. Hoy uno de sus rostros más grotescos es el del candidato Rafael López Aliaga. Aunque se presente como “Renovación Popular”, es difícil pensar en un candidato que mejor represente el festín corrupto de las privatizaciones y monopolios que caracterizaron la década de la antipolítica. Felizmente, existen otrxs candidatxs. Toca estar atentxs antes de votar.