Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Francisco en Mesopotamia

El papa hace un viaje arriesgado, pero necesario, a Irak.

A diferencia de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, a Jorge Mario Bergoglio, el actual obispo de Roma (que eso es, en realidad, un papa), parecen gustarle más los viajes arriesgados, rompedores, no únicamente esos en los que lo reciben miles de chicos con banderitas del Vaticano ovacionándolo. Por eso está hoy en Irak, uno de los nudos más violentos del planeta.

Allí no tiene multitudes de devotos, ni afanosas guardias papales juveniles; más bien, contra su costumbre, ha tenido que subirse a un auto blindado, ser resguardado al milímetro y convocar actos con aforo mínimo, salvo uno que habrá en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, al que asistirían unas 10.000 personas en un estadio que tiene capacidad para 30.000 almas.

Francisco quiere salvar esas almas, pero también las vidas de los cristianos iraquíes, que en los últimos años han sufrido el martirio de brutales atentados, como uno ocurrido en el 2010, cuando ISIS atacó la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación y provocó la muerte de al menos 50 devotos. Allí, nada menos que allí, ha ido a meterse el papa tras bajar del avión.

El propósito es claro: brindar apoyo espiritual y moral a la Iglesia católica caldea, unida a la Santa Sede desde 1830 gracias al papa Pío VIII, una minoría que de tener más de un millón y medio de fieles en el 2003, cuando cayó Saddam Hussein, ahora tiene apenas unos 300.000. La persecución contra ellos, liderada por ISIS principalmente, ha sido de intensidad casi bíblica.

El mensaje pacifista del papa, quien ha llamado a no cometer homicidios en nombre de Dios, ha tenido también guiños políticos internacionales, muy propios de él. Ha hablado, por ejemplo, de “intereses externos” que “son indiferentes a la población local” (¿aló, la Casa Blanca?), y es obvio que su visita al ayatolá Alí Sistani, líder de los chiíes, será más que de cortesía.

Entre oraciones y discursos, Bergoglio sabe que no basta con clamar por la paz, sino que, también, es menester reunirse con personajes clave, como Sistani, que es el referente para el 60% de la población del país. Sabe también que hacer el único acto masivo en Erbil, feudo de los kurdos, es sumar otra pieza clave para que la tranquilidad no dependa solo de las plegarias.

También irá a Ur, la cuna de Abraham, personaje clave de las tres grandes religiones monoteístas (el Judaísmo, el Cristianismo, el Islam) que crujen en ese territorio tan convulsionado, que hace siglos formaba parte de la legendaria Mesopotamia. Conmueve ver al líder mundial del catolicismo arriesgando su vida —por la violencia y la pandemia— en este viaje crucial.

¿Cuánto puede lograr Francisco con su verbo pausado y sus comentarios políticos sutiles? No se esperan milagros, pero tener a un personaje mundial tan gravitante como el papa visitando por primera vez Irak y pidiendo que cesen las balas de destrucción masiva es esperanzador. No es usual que, en medio de tanta furia, alguien se atreva a decir elegantemente ”Basta”.