Mirko Lauer

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¿Qué estamos haciendo mal?

“Para evitarse problemas mayores de los que ya tienen, los candidatos presidenciales, sin excepción, evitan el tema de la segunda ola”.

¿Por qué no están bajando las cifras de la pandemia en el Perú? Hay varias versiones, que no se contradicen. En una esta segunda cuarentena es demasiado suave, y por eso no está logrando lo mismo que la primera. En otra hay un clima relajado que mantiene los contagios. Luego está la falta de recursos médicos y administrativos, presente desde el primer día.

Parte del problema está en que no hay fuerza ni voluntad políticas para endurecerle las medidas preventivas a una ciudadanía cansada y desanimada. Más oxígeno, mejor ritmo de vacunación, o más personal de salud, por sí solos no van a resolver el asunto de los contagios y las muertes. La gente lo sabe, y eso crea un clima de displicencia, como que ya nadie espera buenas noticias.

Ya estamos aburridos de compararnos con el drama en otros países, pero eso sigue siendo útil. Últimamente ha habido segundas olas en muchísimas partes, todas enfrentadas mediante enfriamientos en la circulación del público, y dentro de ciertos márgenes les ha funcionado. ¿Qué estamos haciendo mal aquí? Es la pregunta que nos hacíamos en la primera ola del 2020. Hoy es más válida que antes.

La primera cuarentena demoró, pero funcionó. La actual, mucho más suave, todavía tiene que demostrar su eficacia. Fue planificada como algo suave para darle un espacio a la economía y así evitar que la pobreza volviera a hacer bola de nieve. Esa parte parece haber funcionado, pero las cifras que duelen son las de la enfermedad y el fallecimiento.

Para evitarse problemas mayores de los que ya tienen, los candidatos presidenciales, sin excepción, evitan el tema de la segunda ola, más allá de tomar en cuenta los peligros que ella representa para sus campañas. Pero al ritmo que vamos, la radical falta de mejoría todavía estará allí cuando se produzca la votación. La vez pasada el pico se aplanó en unos cinco meses.

El gobierno está haciendo ajustes allí donde puede. Pero el esfuerzo de vacunar significa una duplicación de tareas donde obviamente están perdiendo los contagiables y los contagiados. Por su parte, una campaña electoral que elude lo trágico y lo práctico inevitablemente transmite un engañoso sentimiento de normalidad. En este tiempo de consignas, tienta decir la normalidad mata.