Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

Más columnas

Ramiro Escobar

Sombrero viajero17 Set 2021 | 5:11 h

Ramiro Escobar

Vientos peligrosos03 Set 2021 | 6:07 h

Ramiro Escobar

Afganistán: una derrota cultural20 Ago 2021 | 5:16 h

Ramiro Escobar

Se partió Nicaragua06 Ago 2021 | 17:21 h

La injusticia inmunitaria

Mientras en nuestro país se sigue desenredando el laberinto del denominado Vacunagate, que permitió que cientos de personas se vacunaran contra la COVID-19 antes de tiempo y fuera de lista, en el mundo la puja por las vacunas está en su penoso esplendor, a la luz cegadora de la injusticia planetaria. Varios países están comprando muchas más vacunas de las que necesitan.

Gonzalo Fanjul ha precisado en El País que, por ejemplo, Estados Unidos y el Reino Unido tienen aseguradas una cantidad que serviría para vacunar seis veces a toda su población. Canadá podría vacunar siete veces a sus ciudadanos, pero ya ha anunciado que donará las vacunas excedentes a los países más pobres. Como fuere, la ley del más fuerte se impone en la cola.

Desde el punto de vista de las Relaciones Internacionales, este trance estaría confirmando la famosa teoría realista. Es decir, la que sostiene que en las relaciones entre los Estados lo que importa es el poder militar, tecnológico o, en este caso, económico. El problema es que, si se sigue por esa ruta, la inmunidad global de rebaño estará cada vez más lejos.

Para que funcione una vacunación contra la COVID-19 tiene que estar inmunizada la mayoría de la población humana, así como para controlarla en un país se debe vacunar a la mayoría de la población. Pero ocurre que, en la desesperada lucha contra la pandemia, se tiende a apagar la cooperación internacional y, más bien, aparece el síndrome de la fortaleza cerrada.

Se entiende que un Estado quiera salvar a su población de todos modos, en la medida que ninguna vacuna es totalmente eficaz. Sólo que el exceso observado es alarmante, al punto que la propia Organización Mundial de la Salud ha señalado que esto puede llevar a que suban los precios y, al final, los países más pobres no obtengan las dosis, o sucumban en la cola.

El mundo no es justo, ya se sabe. La inequidad es uno de los mayores problemas planetarios, y una de las causas, en numerosos países (el Perú incluido, por supuesto), de que el acceso a la salud sea casi un asunto VIP. Lo que no se entiende, por parte de los acaparadores, es cómo vamos a sortear la malvada pandemia solamente vacunando a una parte de la humanidad.

Salvo que el siguiente capítulo sea crear muros que dividan países vacunados de países no vacunados. Lo ocurrido en Israel, donde el gobierno de Benjamín Netanyahu ha vacunado ya exitosamente a buena parte de su población, pero ha demorado la llegada de la vacuna a los palestinos, es una muestra triste de cómo también hay muros sanitarios y simbólicos.

La iniciativa Covax Facility está trabajando para cerrar la grieta, pero sus esfuerzos son insuficientes. Hacia fines de este año, con suerte, podrá hacer que lleguen unas 2000 millones de vacunas para los países colgados de ese organismo, que son más de 150. Eso no cubrirá ni a un 10% de la población de estos. El resto: lo sentimos, vuelva por su cita en el 2022 o en el 2023.

Todo esto, como se comprenderá, hace más censurable las revelaciones del Vacunagate. Encima de que las vacunas están contadas en nuestro país, un grupo de privilegiados las cogen primero, en desmedro de quienes cuentan sus días en una cama UCI. En España ocurrió algo similar con decenas personas que se pusieron delante de los que tenían prioridad.

Allí las camas UCI no escasean, pero de todas maneras que –en ese país y en el nuestro- obispos, militares, ministros, dueños de laboratorios, alcaldes, consultores inciertos y otros ciudadanos “ilustres” se pongan delante, como si tuvieran corona sanitaria, es censurable. Como también es censurable que, en nuestro sufrido planeta, los países ricos también manden en este terreno.