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Canallas

“La indignación es porque la noticia llega como un puñal a nuestra ya precaria confianza colectiva”.

En medio de una crisis sanitaria sin precedentes, con una caída abrupta del empleo que deja a miles de compatriotas en situación de alta vulnerabilidad y con una crisis político-institucional que nos desestabiliza cada semestre, duele comprobar que hay gente sin escrúpulos que no parpadea dos veces antes de aprovecharse de la cuota de poder que tiene. Sea pequeña o grande, lo importante es sacarle el jugo de manera personal.

La ética profesional o funcional está en segundo plano. Nunca fueron servidores públicos. Fueron personas que se sirven de lo público. Vivieron en el filo de la navaja “confiando” en que sus acciones no llegarían a conocerse. Pero hay ocasiones en las que el velo de la impunidad se cae. En ese momento de luz, se muestran como son: unos canallas.

La lista es muy larga. Pero quien la encabeza, Martín Vizcarra, merece una condena pública. No solo porque ocupó el sillón presidencial, sino porque se mostró como el abanderado de la lucha contra la corrupción. Sin que fuera su obligación, decidió pararse ante la ciudadanía como una persona dispuesta a asumir el reto de devolver la esperanza en la función pública. Él quiso ese rol.

Al hacerlo, adquirió una doble responsabilidad. La de su función y la de la moral pública. Por eso hoy la indignación no es equiparable a la que genera cualquier hecho que pueda ser calificado como tráfico de influencias o cohecho. La indignación es porque la noticia llega como un puñal a nuestra ya precaria confianza colectiva.

Le siguen, de cerca, Pilar Mazzetti y Elizabeth Astete. La primera porque mintió sin que le tiemble la cara. Dijo que, como buena capitana, esperaría a que los médicos que atienden directamente casos de COVID-19 se vacunen, pues le tocaba ser “la última que abandone el barco”. Cínica. Ya no estaba en el barco.

Y la canciller, que no tenía ningún contacto con los equipos médicos ni una función particularmente riesgosa, justifica su acción con un burdo “no podía darme el lujo de enfermarme”. Al oírla recordé el rostro de quienes ya se nos fueron. Mujeres y hombres que perdieron la vida y que la señora Astete insulta, pues para ella parece que ellos sí tenían el lujo de morir en la pandemia.

Es triste ver cómo estos canallas ahora abren la caja de Pandora. La desconfianza generalizada nos lleva a caminos peligrosos. Ya tenemos quienes en el Congreso quieren aprobar normas para que la vacuna pueda ser distribuida y vendida conforme a las normas del mercado. Legitiman el “sálvese quien pueda”, porque es mejor comprarla con autonomía que esperar ser parte de una red clientelar para obtenerla. Destruyen la precaria conciencia ciudadana en favor de la lógica consumista.

Espero que esa posición, que permitiría una distribución desigual por razones de clase social, no gane en el imaginario popular. El acceso a la vacuna, como bien esencial, debe responder a una política pública clara, transparente y justa.