Raúl Tola

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Cuando un amigo se va

“Entonces Neves, que siempre fue un hombre de izquierda, demostraba que pensar distinto no era sinónimo de enemistad...”.

Javier Neves Mujica formó parte de esa tradición de abogados que rehúyen los tribunales y los estudios jurídicos para consagrarse a la academia y la enseñanza. Desde su trinchera en la facultad de Derecho de la Universidad Católica, dedicó su vida profesional al estudio del Derecho Laboral y a la formación de varias generaciones de laboralistas de fuste.

Esto no quiere decir que viviera atrincherado en una torre de marfil. Al contrario, era una persona que vivía pendiente de la actualidad, preocupada por los rumbos del país, que no dudaba en enfundarse el overol de trabajo y ensuciarse los zapatos, como cuando aceptó el complicado encargo de ser ministro de Trabajo de Alejandro Toledo, jugándose el tipo hasta conseguir el cierre de la nociva Ley 20530 (Cédula Viva).

Pero, a pesar de sus pronunciadas alturas académicas y su excelencia docente, si por algo lo recordaremos quienes lo conocimos será sobre todo por su calidez, cercanía y generosidad. Por alcanzar dentro de las aulas, pero sobre todo fuera de ellas, la indiscutible categoría de guía intelectual y espiritual. Es decir, de maestro.

A Neves lo conocí allá por 1996, en una de las chinganas que constelan la avenida Universitaria, en la vereda contraria a la Católica. Allí solíamos coincidir alumnos y profesores (sana costumbre que supongo se mantiene), para reunirnos a conversar y reír sentados alrededor de una caja de cervezas.

Justo por entonces estudiaba el curso de Derecho Laboral I con otro profesor. Todavía recuerdo con una sonrisa mi osadía (incluso diría malacrianza) cuando, achispado por la bebida, me acerqué a su lugar, me presenté y le dije: “Neves, ¿verdad? Tu manual de Introducción al Derecho de Trabajo está lleno de errores”.

Creo que ese gesto temerario y absolutamente desubicado le causó simpatía, porque desde entonces me acogió entre sus discípulos. Con otros amigos solíamos reunirnos en su casa a escuchar música, hablar de cine, de literatura (era un grandísimo lector y declamador de poesía) y a tomar unos buenos vodka tonics.

A veces la conversación se deslizaba a los territorios de la política. Entonces Neves, que siempre fue hombre de izquierda, demostraba que pensar distinto no era sinónimo de enemistad, que, con buen humor y respeto, todos podíamos aprender y encontrar puntos en común. Una enseñanza que vendría bien recordar en un país que parece ganado por la estridencia y la polarización.

Para alguien que estudiaba Derecho a disgusto y no conseguía encontrar su verdadera vocación, su amistad y sus enseñanzas fueron decisivas y definieron la persona que soy. Llevaba unas semanas en cuidados intensivos, en una pelea contra el Covid que se lo llevó este jueves. Aunque en los últimos años nos vimos menos, sus enseñanzas y su voz siempre me acompañaron. Paz a tu memoria, maestro inolvidable, amigo querido.