Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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¿Por qué hablé de revolución?

“Las movilizaciones contra Merino son probablemente las mayores registradas en nuestra historia contra un golpe de Estado”.

En un artículo reciente de la revista Ideele, “¿Estamos ya en un proceso revolucionario?”, el escritor Juan Carlos Ubilluz cuestiona mi uso del término “revolución” en una columna anterior en este mismo diario: “Calles, constituciones y revoluciones”. En ella analizo el clima de protestas ciudadanas contra el golpe de Merino el pasado noviembre y sus reverberaciones en el paro agrario subsiguiente. Ubilluz cita específicamente este pasaje: “El país tenía una reserva democrática que nadie pudo predecir. Lo impensable se hizo posible. Como sucede con todas las revoluciones —y que no quepa duda que estamos viviendo una— la historia dio un vuelco de 180 grados”.

Ubilluz tiene razón en cuestionarme, porque yo no defino el término, lo asumo. Lo usé intuitivamente, tal vez con un exceso de confianza, a falta de otra palabra que expresara mejor la forma en que percibía se sucedían los acontecimientos del momento. Y también porque asumí que muchos podrían identificar su experiencia con ella. Es esa experiencia lo que quise capturar con el término “revolución” y no, como él me endilga, “un proceso político que avanza hoy hacia la superación del neoliberalismo”. Entiendo que mi texto pueda dar pie a esa interpretación, pero no es lo que dije.

Ubilluz contextualiza los acontecimientos de noviembre en el marco de sus antecedentes recientes bastante mejor que yo, para concluir, supuestamente contra mi interpretación, que no estamos en un “proceso revolucionario”. Según él, eso requeriría una “ruptura con el neoliberalismo” y la formación de fuerzas políticas capaces de articularse con las demandas de la calle para, en última instancia, ejercer el poder en las más altas esferas. Podemos estar de acuerdo, dependiendo de qué se entienda por neoliberalismo: ¿es una forma extrema de capitalismo; y, si es así, “superarlo” significaría superar esa forma extrema, o superar el capitalismo? Pregunto a Ubilluz, porque siento que su sugerente ensayo no es una discusión con mi idea de revolución sino con la suya propia, cuyos criterios pueden ser válidos pero encuentro un tanto prescriptivos.

Decir que “no ha habido en las marchas contra Merino un pueblo esgrimiendo una idea política”, cuando él mismo acaba de mencionar las diversas demandas políticas expresadas en esas marchas, es un tanto desconcertante. ¿No es una idea política exigir una nueva constitución, o una educación de calidad? ¿Y por qué juzgar el rechazo al golpe, que movilizó a casi tres millones personas en todo el país, principalmente en términos de lo que no decían? Comparándolas con movilizaciones previas como las del “no Keiko”, “no a la ley Pulpín”y “no al indulto a Fujimori”, para usar los ejemplos de Ubilluz, las de noviembre pasado eran bastante más propositivas. ¿No fue el rechazo al autoritarismo de Merino una defensa de la democracia? Como rara vez, se apeló visualmente a artículos de la Constitución. Y las movilizaciones fueron un acto político en sí, que corremos el riesgo de despolitizar si lo juzgamos sobre todo por sus carencias. Como bien escribe José Carlos Agüero, “la revuelta, aparte de expresión de un basta ya, ha sido un caos creativo, un fondo confundido con una forma (…) y que no se detuvo o menguó por no tener un programa claro” (11/20 p. 92). (1).

Cuando dije “revolución” –animada, creo, por la idea de lo “impensable” formulada por el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot– no tenía en mente un “proceso” tanto como un momento. Era, literalmente, una afirmación en gerundio. Si ese momento es parte o no de un proceso, no nos corresponde decirlo a quienes lo vivimos, sino a las historiadoras e historiadores, de aquí a un tiempo. No puedo juzgar lo que ocurre hoy en función de un futuro que no conozco, pero sí valorarlo en relación al pasado. Las movilizaciones contra Merino son probablemente las mayores registradas en nuestra historia contra un golpe de Estado. En un país con una historia de golpes populares, desde Sánchez Cerro hasta Fujimori, pasando por Velasco, esto no es decir poca cosa.

(1) José Carlos Agüero, “Tiempo Pasado”, en Musuk Nolte (ed.), 11/12, Lima: KWY Ediciones, 2020, p. 92