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No aprendimos nada

Volvemos a la cuarentena y se repiten una vez más las malas decisiones que han perjudicado al Perú.

Ayer no fue un día como cualquier otro. El tráfico colapsó, en los centros comerciales se armaban colas para ingresar y los estantes de los supermercados mostraban desabastecimiento de algunos productos básicos y no tan básicos.

Esta agitación inusual parte de un hecho innegable: se inicia una nueva cuarentena, con las restricciones que se acostumbran dictar y con algunas variaciones, pero el guion es parecido. Las compras se podrán hacer normalmente y se limitarán las salidas peatonales a una hora diaria.

El transporte público de pasajeros tiene nuevos horarios. Los permisos laborales se renovarán cada 3 días, al igual que las autorizaciones para circular con auto particular. Una serie de industrias y servicios podrán mantenerse activos y se siguen haciendo reajustes para evitar las aglomeraciones que vivimos en la cuarentena pasada.

Si la regulación es clara y se conoce que la pandemia avanza y se extiende como mancha de aceite, por qué un porcentaje de la población se volcó ayer a las calles, se lanzó a acaparar productos tan insólitos como el papel higiénico y se puso así en grave riesgo de contagio.

La experiencia de las anteriores cuarentenas parece no haber servido de nada. Las malas decisiones individuales nos siguen perjudicando como sociedad y reconocemos que muchas de estas infracciones nos colocaron el año pasado en algunos rankings en los que nadie quisiera estar.

Es claro para todos que la cuarentena perjudica grandemente todas las economías y nos hace más frágiles. No es la mejor salida, cuando existen estrategias que han dado mejores resultados en otros países. Pero una vez dada la medida porque la emergencia sanitaria ha desbordado la capacidad de atención de médicos y hospitales, no nos queda otra posibilidad que acatar en beneficio del bien común.

Somos críticos de la cuarentena sin estrategia complementaria, pero no se puede impulsar y promover la anomia y el desgobierno. Los meses de encierro que vivimos en el 2020 nos tienen que dejar lecciones y hacernos mejores personas y mejores ciudadanos. Puede ser luego muy tarde para lamentarse.