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La ciudad que imagino

“Me imagino una ciudad con vivienda digna, luz, agua y desagüe para todos sus ciudadanos, donde la precariedad en la que vive una mayoría de nuestros vecinos es un lejano recuerdo”.

Cuando me muevo por Lima suelo imaginar cómo podría ser nuestra ciudad. Es un ejercicio frustrante, ya que estos escenarios distan mucho de nuestra realidad cotidiana. Sobre todo, pareciera que están completamente desfasados de las aspiraciones de nuestros políticos. Es por ello que me pregunto si es que las autoridades a cargo del desarrollo de nuestra ciudad tienen imaginación, o simplemente se niegan a ejercitarla. Para implementar cambios, es necesario tener una visión del resultado que se quiere obtener. En esta columna comparto lo que me imagino para Lima, con la esperanza de que aquellos que buscan un puesto de liderazgo político hagan lo mismo.

Me imagino avenidas activas pero descongestionadas, con transporte público integrado de calidad, eficiente y cómodo, con horarios y rutas preestablecidas. Me imagino una ciudad sin combis asesinas ni colectivos, donde los taxis son formales y la ciudadanía se siente segura en el transporte, especialmente las mujeres y grupos vulnerables. Mi fantasía incluye veredas anchas y ciclovías de calidad, donde es seguro circular y se respeta al peatón y al ciclista.

Me imagino una ciudad con espacios públicos generosos, seguros y bien diseñados en cada barrio, donde los niños y niñas juegan tranquilamente, y todos disfrutamos de nuestro entorno. Tiene calles agradables, con árboles que dan sombra, regulan la temperatura y reducen la contaminación. Se puede pasear por una Costa Verde accesible y humana, con playas limpias y un ancho malecón donde los limeños y chalacos practicamos todo tipo de deportes y actividades.

Me imagino una ciudad donde valoramos y cuidamos el patrimonio histórico y natural; donde huacas, canales, plazas, iglesias y casonas participan del paisaje urbano, integradas espacial, social y culturalmente a la vida urbana. Una ciudad donde los ríos son corredores ecológicos donde podemos disfrutar de la naturaleza. Me imagino una ciudad con vivienda digna, luz, agua y desagüe para todos sus ciudadanos, donde la precariedad en la que vive una mayoría de nuestros vecinos es un lejano recuerdo. Esta ciudad es libre de racismo y discriminación, y se respetan las culturas, derechos e identidades de todos. También es una ciudad segura y solidaria, donde impera la apertura a la diferencia y no existen las calles enrejadas y los barrios amurallados.

Cuando camino por Lima me maravillo del potencial que veo en esta ciudad a la que quiero tanto y que me genera grandes esperanzas. Me rehúso a escuchar a quienes dicen que “Lima no es Ámsterdam”, como si no debiéramos aspirar a tanto. A ellos les diría que negarse a imaginar el cambio es rendirse ante un presente desigual y ser cómplices de la injusticia. Para lograr una ciudad más humana, el primer paso es definir una visión. Seamos ambiciosos.