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Biden, el restaurador

Un análisis sobre el largo camino de Joe Biden para llegar a la presidencia de los Estados Unidos y el reto que tiene ahora tras el final de la era de Donald Trump.

“Siempre hay luz si somos lo suficientemente valientes para verla”, recitó la joven poeta afroamericana Amanda Gorman, al final de su intervención durante la investidura de Joe Biden realizada en Washington. Minutos antes, el nuevo presidente había dado un discurso muy emotivo, en el cual, como si descifrara el verso, llamaba a ver la luz en medio de las tinieblas.

Biden llegó a decir que había que “empezar de nuevo”, acaso consciente de que los acontecimientos de las últimas semanas hirieron gravemente a la democracia estadounidense. El asalto al Capitolio, la crisis económica y los más de 400.000 muertos causados por la pandemia –a los que se honró con un momento de silencio- justificaban esa suerte de plegaria.

También la ausencia de Donald Trump, quien con su actitud resentida, del mal perdedor, rompió la tradición de un ritual de transición que en EE. UU. se considera casi sagrado. A él Obama le dio la bienvenida, con una caballerosidad notable; él, en cambio, se pasó cuatro años insultando a sus opositores, a los inmigrantes, a algunos héroes de guerra incluso, como John Mc Cain.

No es que Trump no tuvo logro alguno en sus cuatro años turbulentos. No le iba mal en el plano económico, donde el desempleo se empequeñeció y el crecimiento iba en alza. Pero, como confirmando los pronósticos cautos de quienes advirtieron que eso no duraría, la pandemia le cayó encima y reaccionó como un adolescente despistado, como un rico obtuso y caprichoso.

Luego dio un golpe de timón y quiso montarse sobre la llegada de las vacunas, solo que ya era tarde para -literalmente- recuperar oxígeno, y hasta su plan económico se arruinó. Biden ahora tiene que cargar con todo eso y, con una atmósfera crispada como pocas veces en EE. UU., por lo que su gestión se avizora como muy complicada en lo político, en lo social, en lo económico.

Se ha anunciado que lanzará varias órdenes ejecutivas (decretos que no tienen que pasar por el Congreso), para dejar atrás el legado trumpiano. Entre ellas una para volver al Acuerdo de París, y otra para volver a la OMS. Pero reformas más complejas, como la migratoria, tendrán que pasar por las cámaras, donde los demócratas tienen una mayoría que no es aplastante.

Habrá tensiones, entonces, por ese tema y otros (las relaciones con China, o el retorno al pacto nuclear con Irán). Y por si fuera poco el clima de confrontación desatado no terminará, por desgracias, con la sentida ceremonia de investidura. Las huestes del expresidente siguen allí, quizás se replieguen un poco, pero pueden volver a saltar al ruedo con furia supremacista.

América Latina no parece estar entre las prioridades de la nueva Casa Blanca, salvo cuando mire hacia Cuba, México o Venezuela. El tema migratorio, sin embargo, pone sobre la cancha un asunto delicado, que afecta a la región y que quizás sea el punto desde el cual este nuevo Gobierno abra un poco más los brazos hacia este barrio que nunca quiso ser el patio trasero.

“Tenemos mucho que reparar, mucho que restaurar, mucho por construir y mucho que ganar”, dijo también Biden. Que una muchacha afroamericana, además, hable de buscar la luz, en un país aún tan racista, lanza al mundo la sensación de que el gran país pasa por un momento durísimo, que ojalá lo llame a la transformación. Y a cerrar sus heridas históricas y sociales.