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No aprendemos

Ramiro Canchucaja*

El Cuerpo General de Bomberos del Perú ha atendido en promedio 209 emergencias diarias en todo el territorio nacional en el año 2020. Algo menos con respecto a las 317 atenciones diarias del 2019. Se explica por el confinamiento producto de la emergencia sanitaria. No obstante, es muy alto para un país que es miembro de la OCDE.

Los recientes días de fiestas, lamentablemente, han corroborado la estadística que los feriados y las jornadas festivas son las de mayor frecuencia de accidentes.

Cuando las familias se reúnen pierden la percepción del riesgo, lo que acentúa la probabilidad de que ocurra algo funesto desde el punto de vista de salud y seguridad. Es decir, está demostrado que las reuniones familiares son un escenario de alta probabilidad de accidentes.

Tener papel, cartón, velas, luces prendidas y fuegos artificiales son aparentemente inofensivas pero su uso sí conlleva una responsabilidad, que pocos asumimos.

La manipulación de materiales inflamables es una situación tan frecuente que hemos perdido la sensibilidad y nivel de exposición al riesgo. Hay un sentimiento generalizado de pérdida del miedo y respeto a lo inflamable.

Los peruanos somos particularmente pésimos en identificar los peligros y evaluar las probabilidades de una eventual consecuencia.

En el sector industrial es claro que la totalidad de los incidentes con afectación a las personas pueden evitarse, pero nuestra pésima costumbre de echar la culpa al fiscalizador gubernamental o distrital nos conlleva a no implementar las lecciones aprendidas de la mejor forma. No aprendemos del pasado porque no existe la cultura de prevención basada en el aprendizaje de la experiencia y la evaluación de los riesgos.

En nuestra sociedad estamos más preocupados en cortar cabezas de políticos que de tomar las acciones que nos ayuden a prevenir incidentes.

Las preguntas recurrentes son ¿quién responde por las víctimas?, ¿qué hacemos para que esto no vuelva a pasar nunca más?, ¿qué medidas tenemos que cumplir nosotros mismos sin esperar que alguien nos fiscalice?

Debemos tener siempre presente, ahora más que nunca, que la seguridad no depende de quién te fiscalice, sino de la disciplina y coherencia que internamente se desarrolla en un hogar u organización, sea privada o estatal.

Esa cultura de seguridad no está forjada aún y de eso somos responsables todos. La fiscalización es importante porque denota la presencia de las autoridades, pero es una barrera ineficaz y tardía para evitar un accidente.

En el sector comercial y doméstico el escenario es más que sombrío: es fúnebre. No nos cansamos de contar las víctimas y además no tenemos ningún tipo de duelo frente a esa situación. Prácticamente estamos acostumbrados a contar heridos y muertos por incendios (12,428 en el 2020) o fugas de GLP (10,227 el año pasado).

Tuvimos incendios de grandes proporciones en almacenes y experimentamos trágicamente en enero del 2020 una fuga de gas y deflagración en Villa El Salvador. ¿Qué medidas serias se han tomado para que un camión de GLP no vuelva a fugar en medio de la calle? No vale decir que una autoridad renunció o alguien fue a la cárcel.

La implementación de la seguridad y lecciones aprendidas es rentable. Si alguien cree que la seguridad es cara, pues compárela con el costo de un accidente y sabrá la respuesta. Sin ciencia no hay futuro, por eso tenemos que aplicarla.

*Ingeniero químico de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) con maestría en Ingeniería de Petróleo por la Universidad Heriot-Watt del Reino Unido. Actualmente es docente del curso de “Seguridad en Procesos Químicos Industriales” en la UNI.