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El otro Maquiavelo

“Es curioso que en estos tiempos de crisis profunda de la democracia, ambas imágenes de Maquiavelo tengan simultánea vigencia y combatan, entre sí, en la vida política”.

Hemos sabido, desde el colegio, que maquiavélico es sinónimo de malvado, taimado, calculador y traicionero. Nicolás Maquiavelo ha sido reducido a la afirmación de que “el fin justifica los medios”: una expresión que, por cierto, no es suya, sino de Napoleón Bonaparte, quien resumió en esta sentencia su lectura de El príncipe, en una nota manuscrita al fin de su propio ejemplar.

Pero la verdad es que, quinientos años después de su vida (que transcurrió entre 1467 y 1527) y de sus obras (que no es solo El príncipe, la más conocida de ellas), el complejo pensamiento del político y escritor florentino mantiene una actualidad notoriamente inusual y densamente controversial.

Político y escritor: Maquiavelo joven vivió el esplendor de su ciudad bajo el gobierno de Lorenzo de Medici, el Magnífico, y la intolerancia religiosa con Girolamo Savonarola. Fue luego un hombre de Estado en la República de Florencia, y como canciller y diplomático cumplió misiones ante el emperador Maximiliano, el rey de Francia, el Papa y otros personajes que le sirvieron como modelos para sus descripciones de El príncipe. Después, en el exilio, el político se hizo escritor.

Como corresponde en todos los órdenes a su época, la del Renacimiento, Maquiavelo vuelve los ojos a Roma y rescata el ideal del gobierno republicano: balance entre monarquía, aristocracia y democracia. Lo hace, sobre todo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en los que plasma su programa republicano. Su republicanismo va a atravesar toda la historia moderna y contemporánea, y hoy, bien conocidos los males del individualismo y del colectivismo, se mantiene como una perspectiva válida, ausente y urgente.

En efecto, el ideal republicano postula la libertad de los ciudadanos, en el marco de un compromiso cívico orientado a la realización del bien común. O sea, la moral, originalmente pagana, del zoon politikon de Aristóteles y la virtud de los romanos.

De esta manera, emerge, al lado del tipo ideal del santo medieval, el tipo ideal del héroe patriota, que asume virtudes cívicas y que lucha contra la corrupción.

Desde esta perspectiva, Maquiavelo ya no es un cínico pragmático. Es, más bien, un idealista, precursor de una unidad italiana, que solo se alcanzaría más de tres siglos después de su muerte. Y con Florencia como primera capital, tal como él lo había soñado.

La democracia contemporánea va a vivir, hasta hoy, en la tensión entre su afirmación de que la república es incompatible con las grandes desigualdades, de un lado; y, del otro, la concepción de Adam Smith, quien considera que la principal tarea del gobierno es la defensa de los ricos contra los pobres.

Esta es otra imagen de Maquiavelo, distinta a la de Napoleón Bonaparte. Aquí, es el pensador de Estado, que han rescatado, en el siglo XX, y entre otros, el marxista Antonio Gramsci, el liberal Isaiah Berlín y los historiadores de la llamada Escuela de Cambridge (John G.A. Pocock, Quentin Skinner, John Dunn).

Es curioso que en estos tiempos de crisis profunda de la democracia, ambas imágenes de Maquiavelo tengan simultánea vigencia y combatan, entre sí, en la vida política: por un lado, quienes, en el Perú y en el mundo, hacen de la política arena de meras ambiciones mezquinas; y, por otro, quienes cultivan ideales colectivos. Solo si estos últimos prevalecen sobre los primeros, tendrá sentido hablar de democracia en el presente y en el futuro.

POSDATA: En esta dramática coyuntura, resulta muy valiosa la iniciativa de no agresión entre Juntos por el Perú y el Partido Morado, anunciada por Pedro Francke.