Diego García Sayán

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“Las peligrosas corrientes en EE. UU. no son un “bache” circunstancial que se desvanecerá cuando el folclórico Trump deje la presidencia”.

En beneficio de la democracia peruana en construcción hay que destacar que hechos como los de las últimas semanas en EE. UU. no pasarían impunes. ¿Un presidente, digamos, llamando a la ONPE a arreglar resultados electorales? ¿Agitando para tomar el local del Congreso? Muchos políticos, funcionarios y ciudadanos “de a pie” están procesados o condenados por mucho menos.

Veamos en qué termina el impeachment al “autor intelectual” –si llega a pasar la valla alta del Senado– y lo que hará la fiscalía en sus investigaciones a decenas de sindicados a los que ya están apuntando por los delitos de “sedición y conspiración”.

Sin embargo, más allá de cómo se maneja en Washington este asunto, el nudo gordiano de la hora es la amenaza global a la democracia y sus valores. Acosados por doquier.

En la década del 30 del siglo pasado el surgimiento del fascismo, el nazismo y el militarismo tuvieron ingredientes parecidos. Lo del Capitolio, por ejemplo. Recuerda el asalto por hordas nazis al Reichstag (parlamento) en 1933. O, como lo acaba de recordar Schwarzenegger, la “noche de los cristales rotos” el 38.

Las peligrosas corrientes en EE. UU. no son un “bache” circunstancial que se desvanecerá cuando el folclórico Trump deje la presidencia. La polarización, racismo creciente e intolerancia ya crecían y explican por qué Trump triunfó el 2016, quien se dedicó, luego, a alimentar esas corrientes fascistoides. Reloaded, marcharon al Congreso. Surgieron, sí, movimientos de respuesta (Black Lives Matter, entre otros) y fue elegido Biden. Pero, ojo, Trump perdió recibiendo más de 70 millones de votos; el presidente-candidato al que mejor le ha ido.

El polarizador a tiempo completo fue coherente en lo global: se dedicó a demoler el multilateralismo. Con lo de America first como ariete, hizo del unilateralismo radical y la confrontación su idea-fuerza. Sistemáticas pateadas del tablero: Acuerdo de París sobre cambio climático, la OMS, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el tratado comercial Asía-Pacífico (TPP), el acuerdo nuclear con Irán del 2015, etc.

¿Hizo esto a America Great? Por cierto que no. Pero sí contribuyó a un mundo más inseguro e impredecible. Déjà vu; el mundo tampoco fue el mismo luego de que fue torpedeada la Sociedad de las Naciones antes de la segunda guerra mundial. Hoy, como ayer, un planeta sin acuerdos, regulaciones y espacios de negociación estructurados, es más impredecible e inseguro. Sin que la historia se repita tal cual, el cauce por el que vamos es demasiado parecido a los 30 como para no alarmarse.

La confrontación a los valores democráticos navega con muchos nudos de fuerza en un mundo en el que levantan cabeza individuos predestinados, los autoritarismos y la demolición de la separación de poderes. La crisis de la pandemia y la recesión global dan un marco propicio a respuestas simplistas, radicales e “iluminadas” que se ríen de la institucionalidad democrática.

El autoritarismo contemporáneo es una realidad global en ascenso. Con sus propias lógicas, dinámicas y variantes –¿“antaurismo” en el Perú?– se expande una forma de entender al mundo y de hacer las cosas. Que va mucho más allá de los circunstanciales Maduro u Ortega, que expresan crisis democráticas locales no resueltas.

Desde el poder absoluto construido por Modi en la India; los gobiernos autoritarios de Kaczyński en Polonia y Orban en Hungría; los reiterados ímpetus de Bolsonaro contra la separación de poderes; hasta la regresión democrática en varios países del África subsahariana, que van dejando atrás la revisión de las reelecciones indefinidas; véase lo que viene pasando con Museveni en Uganda y su previsible reelección hoy jueves.

Es evidente y grave la amenaza antidemocrática global: demolición de estándares y reglas internacionales, caudillismo, concentración de poder, rechazo a la diversidad y los inmigrantes. Se debe parar esto a tiempo.

Seguidores de Trump protestan en el Capitolio de Estados Unidos