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Playazo con segunda ola

“Prevalece la ley del mínimo esfuerzo y nadie se atreve a aprovechar esta coyuntura para educar a las nuevas generaciones de limeños”.

Lima es la única capital sudamericana con litoral, pero sus habitantes siguen viviendo de espaldas al mar y sus maravillas.

Ese miedo al mar pudo tener su origen en los brutales maremotos (el de 1746 destruyó el Callao e inundó hasta la actual avenida Faucett) o en el terror colectivo ante el ataque de los piratas.

Más recientemente ese miedo fue incentivado por las epidemias: en 1955 algunas autoridades recomendaron cerrar las playas “porque es el sitio de mayor contagio de la poliomelitis” (sic). Cuarenta años después, las jornadas playeras con su obligado cevichito fueron asociadas a la propagación del cólera... y cundió el pánico.

Pero con el nuevo siglo los limeños dejaron de lado esos temores históricos o, en el mejor de los casos, esa indiferencia marina, y nuestras playas se constituyeron en epicentro de los revitalizadores deportes marinos.

Son pocos, pero son. Ahí están los surfistas desafiando las rompientes durante todo el año (gozando además ese invierno monse que goza la capital) o los cada día más numerosos paseos en kayak y veleros (evitar el uso de naves motorizadas). O los grupos de nadadores que emulan al buen José Olaya. O los cada vez más numerosos pescadores –a cordel o caña– que todos los días se ven en los espigones de nuestro litoral.

Por todo eso resulta contranatura el cierre de las playas en este verano austral del 2021. Las autoridades saben que la posibilidad de contagio es mínima y los especialistas están seguros que una buena jornada marina es la mejor cura para los abrumados limeños confinados.

Pero prevalece la ley del mínimo esfuerzo y nadie se atreve a aprovechar esta coyuntura para educar a las nuevas generaciones de limeños, que pueden aprender a divertirse con una bien establecida distancia social, a tener un límite con los grupos de veraneantes, a evitar el ceviche en bolsa y la sopa en botellón, a conocer las ventajas de la higiene, a no molestar al prójimo con tu música o tus mascotas. En fin, a ser un buen ciudadano.