Rafael Roncagliolo

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No todo es color de hormiga

“En suma, la América del Sur del próximo 31 de diciembre puede resultar muy diferente a la de hoy, a comienzos del año”.

El excelente anuncio del presidente Sagasti sobre las vacunas no ha amenguado el pesimismo respecto a las elecciones del 11 de abril. A pesar de que tal anuncio no ha sido una golondrina solitaria en el verano. El nombramiento y el discurso inaugural de la presidenta del Poder Judicial es todo un augurio. ¿Cómo ignorar el optimismo que produce ver mujeres honestas en cargos máximos del país?: Poder Judicial, Congreso de la República, Consejo de Ministros, Fiscalía de la Nación, Tribunal Constitucional, Junta Nacional de Justicia.

En la lid electoral, también hay fuerzas que empujan en una dirección saludable y que pueden merecer el respaldo de la ciudadanía. Que no es el “electarado”, proclamado con fatuo desprecio por una “derecha bruta y achorada” (DBA), que no cree en la democracia ni, por supuesto, en las elecciones.

Las encuestas, aunque son solo borrosas pinturas impresionistas y no fotografías del momento, sugieren que las candidaturas presidenciales de la renovación representan más de la mitad de las preferencias efectivas. Para el Congreso, destacan algunos nombres que convergen en lo mismo. Son pocos, pero parecen tener genuino respaldo. Entonces, no hay que descartar la eventualidad de un gobierno limpio con un Congreso sensato. Lo que sería una verdadera revolución en el Perú.

Tanto es así que la DBA ha vuelto a recurrir al terror, para llamar, mediante costosos avisos publicitarios, a frenar cualquier intento de renovación. Contraproducentes y ostentosos mensajes de temor, a falta de ideas. ¡Quién tuviera tales recursos económicos!

También se encienden luces en el paisaje regional. Bolivia se ha asentado, sin violencias, desde la elección presidencial del 18 de octubre último. En el Ecuador, las elecciones del próximo 7 de febrero (y su eventual segunda vuelta del 11 de abril) quizás produzcan un cierto balance civilizado entre el polo conservador y el polo transformador. No hay giros definitivos. Más bien, marchas y contramarchas, en cuya alternancia hay que saber distinguir entre las tendencias de largo plazo y los desvaríos coyunturales.

En Chile, la elección de los miembros de la Asamblea Constituyente, el mismo 11 de abril, y las presidenciales y parlamentarias del 21 de noviembre, seguramente servirán para renovar un añejo sistema de representación y afirmar la voluntad integracionista que tanta falta hace.

En suma, la América del Sur del próximo 31 de diciembre puede resultar muy diferente a la de hoy, a comienzos del año. No ocurre solo en nuestra área. La elección de Joe Biden, en los Estados Unidos, trae aire fresco. Quizás queden clausurados los gobiernos, iniciados con Reagan, que quebraron la trayectoria vigente, desde F.D. Roosevelt, de un Estado permeable a su responsabilidad social y capaz de dialogar con el mundo. Que asume que Rusia y China no son engendros del mal, sino naciones milenarias. Y que los sentimientos e identidades nacionales, seculares, suelen pesar más que las ideologías y los sistemas políticos.

También a escala internacional, hay que aprender a convivir, a tolerar, a no tratar de imponer a los demás los valores y sistemas de cada uno. En esto reside la esencia misma de lo que se suele denominar como cultura occidental.

Hay espacio para el optimismo, a pesar de que subsisten algunos actores aferrados a la herencia nefasta de Trump, cuya entraña brutal se lanzó hace unos días contra el Capitolio de Washington. Es curioso que subsistan en América Latina quienes, a diferencia de la Unión Europea, siguen intentando perpetuar a Guaidó en Venezuela. Con ello no hacen más que dificultar una salida democrática a las atrocidades de Maduro. Se trata de gobernantes que solo van a cambiar, seguramente, a partir del próximo 20 de enero.