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De pestes, pandemias y falsedades

“Ese malestar colectivo de saber que 200 años después seguimos siendo un país sin rumbo, una falsa promesa colectiva...”.

”Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”. (La peste, Albert Camus). Sic.

Esta dramática sentencia figura entre las más leídas y compartidas en medio de esta pandemia y sirve además para desnudar aquellas patéticas almas que se aprovechan de la tragedia para robar, generar caos y difundir mentiras... empezando por la propia frase: jamás fue escrita por Camus ni se lee en su célebre novela La peste.

Pero la bendita frase mal atribuida a Camus es aplicable a lo que venimos sufriendo en estos días de pandemia. Y es que no se trata solo de compartir ese pesar, esa indignación, ese malestar colectivo de saber que 200 años después de la jura de la Independencia seguimos siendo un país sin rumbo, una falsa promesa colectiva. No. Sucede simplemente que, mientras un enemigo minúsculo, global y mortal quebró nuestra economía y nos tiene prisioneros de susto, al mismo tiempo descubrimos la falta de coherencia gubernamental y la ausencia de un personaje con talla de estadista que se proyecte como un dignatario de nivel para sacarnos de este viejo hoyo provocado por el nuevo coronavirus.

Pienso, por ejemplo, en la catástrofe que agobia al turismo y, al mismo tiempo, vemos a un grupo de pobladores de Aguas Calientes que se creen dueños de Machupicchu impidiendo el ingreso de los escasos turistas a la llaqta inca. Por si fuera poco, Ollantaytambo se suma a la protesta mientras que en la Ciudad Ombligo prohíben el Santuranticuy (el único día del año en que el Cusco profundo recupera su plaza mayor), pero están permitidos los vuelos y los centros comerciales están repletos de consumidores.

Ni qué decir de la crisis de las agroexportación. De no ser por las protestas, nunca se habrían tocado los abusos de services y la informalidad empresarial pero, al mismo tiempo, tenemos que soportar los infames cierres de autopistas que no necesariamente afectan a los empresarios, sino a los trabajadores de a pie que no pueden pagar un pasaje aéreo. Adiós, 2020.