David Rivera

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Una nueva farsa

“No, la crisis política no explica todo el desmadre actual (basta incluso con corroborar que el gobierno de Vizcarra no dejó si quiera un plan para la Navidad)”.

No debe quedar peruano que no se haya equivocado o decepcionado con la elección política que tomó en algún momento, ya sea porque confió o porque apostó por el mal menor. Sin embargo, a pesar de nuestros antecedentes, qué difícil sigue siendo para algunos reconocer que, nuevamente, nos equivocamos. Esta vez con Martín Vizcarra.

Aún en medio del optimismo creado por un presidente que se atrevía a pechar –con éxito– al fujiaprismo (me incluyo en este grupo), algunos minimizaron el caso Richard Swing (no me incluyo entre ellos). Ello, a pesar de que para entonces ya era posible descubrir un personaje con la desfachatez de un profesional del cinismo.

Luego vinieron las acusaciones por las coimas cuando fue gobernador de Moquegua. Quienes lo defendieron, apelaron a que las acusaciones eran solo dichos de aspirantes a colaboradores; que los intereses económicos de quienes se habían visto perjudicados por la “lucha contra la corrupción” de Vizcarra estaban tomando venganza contra quien se había atrevido a confrontarlos.

Es cierto que a la organización criminal Podemos Perú solo le interesa(ba) sacarse de encima a quienes interfiriesen con sus planes mafiosos; también que los fujimoristas, otra organización criminal, aún tenían sangre en el ojo; y que Acción Popular revelaba el grado de descomposición al que había llegado y Marco Arana su lado más patético.

Pero también es cierto que en ese momento comenzaba a quedar claro que Vizcarra era un corrupto más, aunque lo diferenciaba no pertenecer a las redes mafiosas construidas alrededor del sistema de justicia y de partidos políticos asentados en Lima.

Siendo así, su confrontación con dichas mafias, más que hablar de su honestidad, reflejaba una especie de narcisismo alimentado por su alta popularidad y por la defensa de líderes de opinión que no han aprendido a reconocer que hemos sido nuevamente engañados.

Y así llegamos a la nueva y gran farsa. Porque Vizcarra también nos mostró que era capaz de jugar incluso con la esperanza de quienes lo respaldaban. Hay quienes quieren creer que el hecho de que no contemos con ningún contrato firmado para la adquisición de vacunas se debe única y exclusivamente a la crisis política desatada por los golpistas del Congreso.

Pero no es así. El 25 de octubre, un par de semanas antes de la vacancia y cuando todo parecía indicar que ella no procedería, publicamos un artículo en este mismo espacio (https://larepublica.pe/opinion/2020/10/25/compulsivamente-vizcarra-por-david-rivera-del-aguila/) en el que hacíamos un recuento de las mentiras de Vizcarra.

Algunas de ellas, justamente, sobre los fuegos artificiales lanzados desde el inicio de la pandemia; entre ellas, precisamente, sus falsas promesas sobre la vacuna, las mismas que han sido visibilizadas en los días previos por algunos medios.

No, la crisis política no explica todo el desmadre actual (basta incluso con corroborar que el gobierno de Vizcarra no dejó si quiera un plan para la Navidad). La explicación también radica en que fuimos timados por un presidente que podría competir con Keiko Fujimori en el arte del cinismo hecho performance.

A puertas de un nuevo proceso electoral y con Vizcarra pretendiendo evadir la justicia bajo el amparo del próximo Congreso, resulta necesario abrir los ojos, asumir responsabilidad y evitar que se salga con la suya. Se supone que la lucha contra la corrupción es tarea de todos.