Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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Calles, constituciones y revoluciones

“La fuerza del pueblo movilizado por la democracia y en rechazo al golpe —y no por un caudillo o un partido— se hizo sentir como nunca antes, indistintamente de barrios, edades, clases sociales e ideologías”.

En la ciudad de México, a unas cuadras del Zócalo, existe una calle llamada Artículo 123. Los nombres de las calles suelen sernos indiferentes. Pero este no podía serlo para mí. Pensé, con envidia, esto es México. Un país con una historia de revoluciones y constituciones que la gente ha defendido con sus vidas y frente a la cual es difícil ser indiferente. La revolución de Ayutla produjo la Constitución liberal de 1857. La revolución de 1910 contra el porfiriato produjo la Constitución de 1917, que rige hasta hoy. Su artículo 123 consagra los derechos laborales: “Toda persona tiene derecho al trabajo digno…”. Puede sonar a frase retórica, a “letra muerta”. Pero un texto así no entra en una Constitución sin luchas.

A poco de cruzar por dicha calle, hace más de un año ya, me preguntaba si podría encontrar algo equivalente en el Perú. En ese momento las calles de Santiago, en Chile, vieron surgir protestas masivas y el reclamo por una nueva Constitución, que se oficializó hará un mes en un exitoso plebiscito. Entonces lxs peruanxs nos preguntábamos por qué en el Perú no pasaba algo así. Empecé a desarrollar mis propias teorías…

Hasta que llegó el 10 de noviembre y todo cambió abruptamente. El país tenía una reserva democrática que nadie pudo predecir. Lo impensable se hizo posible. Como sucede con todas las revoluciones –y que no quepa duda que estamos viviendo una– la historia dio un vuelco de 180 grados.

La fuerza del pueblo movilizado por la democracia y en rechazo al golpe —y no por un caudillo o un partido— se hizo sentir como nunca antes, indistintamente de barrios, edades, clases sociales e ideologías, e hizo caer al usurpador en solo cinco días, aunque para ello tuvieran que morir dos ciudadanos. Luego vino el revés vergonzoso del TC, que empoderó a los golpistas.

Pero la semilla del cambio estaba sembrada. Lxs trabajadorxs del sector agroexportador en Ica, se fueron al paro. Los medios se vieron obligados a darles voz. Una ley de “promoción agraria” hizo millonarios a los agroexportadores a costa de los derechos más elementales de los trabajadores. Años de reclamos sin ser oídos. Al sur le siguió el norte, luego el centro. Otro ciudadano asesinado mientras protestaba. Ley derogada.

Esto no es, como fantasea Rosa María Palacios, capricho de agitadores golpistas o comunistas. ¡Ya quisiera el FA tener el poder de paralizar las tres arterias que confluyen en la capital país! Sólo una ceguera macartista puede negar la realidad de la explotación y hacer falsas equivalencias del tipo, “yo también quisiera que me aumenten el sueldo”. Sorprende que nadie le haga “fact checking” cuando dice que “los trabajadores del régimen agrario tienen los mismos beneficios que los del régimen laboral general”. Su liberalismo termina donde empiezan los derechos laborales de otros. Si no, ¿cómo es que apoya una ley creada por un empresario gansteril en flagrante conflicto de intereses, y en plena dictadura?

A la señora Palacios le gusta dar lecciones de derecho que muchas veces, hay que reconocerlo, son útiles. Lo que le hace falta es conocer la historia de las revoluciones. Estas pueden empezar así: cuando se abre desde el poder una ventana de cambio, por más pequeña que sea, como ha sucedido en el Perú tras la caída de Merino, crecen las expectativas, y la movilización ciudadana puede tornarse impredecible. Esto no está en el libro rojo de Mao. Esto sucedió en Chile, cuando Allende hacía campaña presidencial. También en Ayacucho cuando un Belaunde anticomunista anunció en su primera campaña presidencial una ley de reforma agraria, como lo ha estudiado Ponciano del Pino. Los clamores ciudadanos no son cosa de rojos. Son democracia. Son justicia.

Lo que incomoda a Palacios, creo, no es la “amenaza comunista”. Es que la democracia se democratice. Es que sean lxs ciudadanxs comunes, y no sólo los abogados de las grandes empresas, quienes sugieran leyes y constituciones. Que las protestas no se limiten a decir “no” y sean también propositivas, como viene sucediendo hoy. En las protestas contra Merino se vio pancartas con el texto del artículo 46: “La población civil tiene el derecho de insurgencia en defensa del orden constitucional”. Tal vez algún día hasta tengamos nuestra propia calle con el nombre de un artículo.

"La fuerza del pueblo movilizado por la democracia y en rechazo al golpe". Foto: Jacqueline Fowks