Rafael Roncagliolo

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Una y más generaciones

“Esta generación del 2020 es diferente, aunque continuadora, de la Generación del 2000: la que creció con la angustia de los apagones y el horror del terrorismo. La que conoció las barbaridades del fujimorismo”.

Los jóvenes, en las calles de todo el país, han otorgado sentido al Bicentenario. No solo ellos, claro. Los protestantes han sido de todas las edades. Juntos han desterrado el riesgo de una celebración que hubiera podido ser apenas litúrgica, de actos académicos, ceremonias y desfiles.

O monumentos monumentales, como en 1921. Sin embargo, al autoproclamarse del Bicentenario, esta juventud le entrega contenido y aliento a la efeméride. Y a todo lo que debe venir en esta fecha. Tras el estropicio de una política aherrojada en el intercambio de prebendas y coimas.

Esta generación del 2020 es diferente, aunque continuadora, de la Generación del 2000: la que creció con la angustia de los apagones y el horror del terrorismo. La que conoció por la televisión las barbaridades del fujimorismo y participó en la marcha de los Cuatro Suyos. La que se levantó contra el autoritarismo, el Gran Hermano Montesinos y la corrupción. La que se reconoció en la sobriedad republicana de Valentín Paniagua y creyó en Toledo.

Y hay, antes, la Generación de 1980: la que vivió en su infancia las reformas del gobierno de Velasco Alvarado. La del uniforme único y el quechua como idioma oficial. La de las grandes huelgas nacionales de la época de Morales Bermúdez. La que celebró en alborozo el retorno a la democracia con Fernando Belaúnde.

Y una Generación de 1960, que irrumpe contra el gobierno oligárquico y civilista de Manuel Prado. Que fue impactada por la Revolución Cubana y las guerrillas de 1963. Que heredó el Frente de Juventudes y militó en los nuevos partidos reformistas del 56 (Acción Popular, Partido Demócrata Cristiano y Movimiento Social Progresista).

Que soñó con las reformas que ofreció el primer Belaúnde: agraria, de la educación, del crédito, de la tributación, de la empresa y del Estado. Una generación activa en las reformas de Velasco. Como Francisco Sagasti y Jaime Quijandría, padre del flamante Ministro del Ambiente; coetáneos dirigentes estudiantiles, ambos, de la Universidad Nacional de Ingeniería el primero, de la Universidad Nacional Agraria el segundo.

Uno podría remontarse aún más atrás: la rebelde generación de los 40 y la elección de Bustamante y Rivero en el 45. La de 1920, hace un siglo, el primer centenario y Leguía, los jóvenes Haya de la Torre y Mariátegui. En fin…

Se dirá que es extraño esto de distinguir a las generaciones por periodos de veinte años y no de quince, como proponía, desde España, Ortega y Gasset. No importa. Lo relevante es reconocer las etapas y episodios que marcan a las cohortes demográficas. Así, 1898 en España. Las guerras en la historia europea. Hiroshima y Nagasaki en el Japón. Los asesinatos de 1968, la Guerra de Vietnam o las Torres Gemelas en EE. UU.

Entre nosotros, las marejadas democratizadoras se han sucedido, más o menos, cada veinte años. No se restringen al Estado de Derecho, sino que apuntan a democracias cada vez más sustantivas e incluyentes. No son cíclicas sino acumulativas. Cada insurgencia recoge la anterior y va más allá.

Lo importante ahora es que se jubile una nata política multietaria que creía que el Perú y el mundo eran inmutables; y que pretendía aplicar sus costumbres y criterios, respetables, pero anacrónicos, estrechos y excluyentes, a un país y a una gente que ya no son los mismos. Los políticos del “no sé” y el “no entiendo”.

La elección del próximo 11 de abril, probablemente se decidirá entre las nuevas fuerzas, que expresan esta renovación de la vida política. No entre las figuras y figurones del ciclo que se cierra. Ojalá.

Por último: Gracias, Francisco, viejo amigo, por haberle devuelto al país la autoestima; y por haber llevado, a nuestra generación, al cumplimiento de una asignatura que teníamos largamente pendiente.