Ángel Páez

Ángel Páez

La Tribu

La rebelión de Vallejo

“Los bribones e imbéciles que están arriba, son capaces de todo. Usted sabe que no temen nada, en medio de su inconsciencia y su borrachera de grandeza. (...) Pero hay que despreciarlos, activamente, rebelándose”.

Ochenta y dos años después de su partida al otro mundo, la poesía de César Vallejo estremeció a todo el país cuando el presidente Francisco Sagasti recitó los tremendos versos de “Considerando en frío, imparcialmente...”, un poema que el autor no alcanzó a publicar, y cuya viuda, Georgette Philipart, se encargaría de difundir en la colección Poemas humanos, en 1939. Vallejo, además de dedicarse en cuerpo y alma a la literatura, también destinaba sus energías al periodismo, que era básicamente lo que le permitía sobrevivir.

Como queda acreditado en las cartas que intercambió con sus amigos, especialmente con los que contribuyeron a superar las estrecheces del día a día –como Pablo Abril de Vivero–, estaba atento a lo que sucedía en el Perú. Siempre preguntaba por la situación política con la intención de acopiar información para eventuales artículos que luego publicaba en la prensa europea. Al Perú enviaba especialmente crónicas sobre literatura, teatro, música, y no pocas veces sobre grandes crímenes y casos judiciales, e informaba sobre el país en el extranjero. Era un observador múltiple, como todo gran periodista de su tiempo.

Víctima él mismo de la injusticia –estuvo en prisión por una falsa imputación, y durante mucho tiempo la burocracia judicial lo mantuvo en vilo–, Vallejo detestaba y luchaba contra el abuso del poder. El 31 de mayo de 1929, enterado de que el régimen dictatorial de Augusto Leguía había cesado a su amigo Pablo Abril como secretario de la legación diplomática peruana en Madrid, le escribió: “Los bribones e imbéciles que están arriba, son capaces de todo. Usted sabe que no temen nada, en medio de su inconsciencia y su borrachera de grandeza. Lo importante, es por eso, despreciarlos. Pero hay que despreciarlos, activamente, rebelándose”.

Vallejo encontró en el periodismo la forma de expresar ese estado de rebelión permanente ante lo que sucedía en el Perú. El 3 de junio de 1933, publicó en la revista Germinal, que se imprimía en París, un amplio reportaje sobre la convulsa situación en el país, poco después del asesinato del coronel Luis Sánchez, y su reemplazo por el general Óscar Benavides.

“Entra usted en un interior lujoso de cualquier ciudad importante. El dueño de casa es un blanco o un mestizo, pero –percátese bien, se lo suplico– jamás un indígena”, escribió: “Semejante composición racial y clasista del país, determina forzosamente una situación de violencia, alimentada por odios históricos. (...) ¿Desde cuándo subsiste este estado de cosas en el Perú? A decir verdad, se ha perdido la memoria. Lo cierto es que arranca de muy lejos”.

Transcurrido el tiempo, la realidad reportada por Vallejo en la práctica continúa. Por eso, tanto su poesía como su trabajo periodístico, siguen rebelándose.