Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Nos miran mal

Manuel Merino en la comunidad internacional.

Cinco días después de producida la vacancia del presidente Martín Vizcarra, y cuatro luego de la tumultuosa investidura de Manuel Merino de Lama como mandatario, la comunidad internacional ha lanzado apenas unos guiños. Al momento de escribir estas líneas, salvo las repúblicas de Paraguay y Uruguay, no hay otro país que lo mencione en sus comunicados.

No parece casual, y aún menos casual es la demora de los pronunciamientos. Hubo por lo menos dos días de silencio diplomático, lo que sugiere que las cancillerías vecinas estaban sumergidas en un mar regional de dudas. El piso no estaba parejo, e incluso ahora que ya comenzaron a hablar no lo han hecho con ánimo festivo, sino con preocupación por el estallido social.

La secretaría general de la OEA incluso ha sugerido que el Tribunal Constitucional se pronuncie sobre la “legalidad y legitimidad” de lo ocurrido en el Parlamento el pasado lunes 9 de noviembre. Eso no ocurre aún, por lo que la afirmación del organismo está suspendida en el aire como una pregunta que no puede evadirse apelando a la consumación de los hechos.

Cuando se piensa en el escenario internacional, además, hay que registrar lo que ocurre en las calles. El jueves 12 de noviembre hubo manifestaciones contra Merino en algunas ciudades del exterior, como Madrid. Nuestra imagen afuera está comenzando a deteriorarse al ritmo del negacionismo de los actuales gobernantes. Que se inventan fantasías sobre la furia ciudadana.

Por añadidura, nuestro perfil de país con condiciones deliciosas para invertir está en duda. ¿Son culpables de eso quienes protestan todos los días? Al contrario, son el mecanismo de defensa contra la actual embestida política. Y la oficina regional de la ONU ya ha declarado, preocupada, vía un tweet que ha recibido “información inquietante en el marco de las protestas”.

La embajada del Reino Unido, en vez de invitar a Merino a tomar el té a las 5, ha declarado que “viene tomando nota del debate público y protestas en Perú, y sobre la constitucionalidad del voto de vacancia presidencial por parte del Congreso. Espera una pronta opinión del Tribunal Constitucional”. En otras palabras: para nosotros, esto está nebuloso como el cielo de Londres.

Estados Unidos ha saludado “el compromiso del Gobierno peruano de llevar a cabo las próximas elecciones generales, según lo previamente programado, el 11 de abril de 2021”, como si no pasara nada. Se trata aún del gobierno de Donald Trump, por lo que no extraña que el mensaje flote sobre la irrealidad. Tal vez, piensan que acá también está en disputa el estado de Georgia.

La Unión Europea tampoco se ha pronunciado, ni el Vaticano (aunque el cardenal Pedro Barreto se ha puesto de lado de las protestas). No se percibe bendición alguna a lo sucedido, sobre todo porque se percibe que en varias ciudades del país, la ola de indignación no da tregua. Siete ex cancilleres peruanos, además, han solicitado a la OEA que envíe una misión urgente.

No para monitorear las elecciones de abril del 2021. Sino ahora, ya, y sobre todo porque, afirman, hay “un uso desproporcionado de la fuerza” por parte de la policía. En suma, estamos corriendo el riesgo de pasar de ser la capital de la culinaria latinoamericana -el paraíso de las inversiones, el nuevo país de renta media- a una república capturada por coaliciones de intereses.

¿Podemos seguir así? No, salvo que se ignore a la calle, a los excancilleres, a las embajadas preocupadas. Una democracia tiene que recoger el espíritu de las leyes, pero a la vez el de la mayoría de ciudadanos. A este paso, se va a comenzar a hablar de nosotros como hoy se habla de Ucrania, o hasta de Venezuela. Bolivia es ahora un país más estable que nosotros, largamente.

Y gravita sobre nosotros el recuerdo de las revueltas chilenas, colombianas y ecuatorianas del año pasado. Hemos llegado con efecto retardado a ese trance, debido a un empujón parlamentario que prendió la mecha. Lo más digno sería leer con calma lo que pasa, no ver alienígenas entre los manifestantes, y propiciar una transición pero que nos libere primero de este penoso exabrupto.

Profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya