Cecilia Méndez

Cecilia Méndez

Chola soy
Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no. Ver más: https://www.history.ucsb.edu/faculty/mendez/

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La lucha por la democracia en EE.UU.

“Es en estas luchas infatigables de los históricamente excluidos y diariamente denigrados, por hacer prevalecer sus derechos, donde veo la democracia. Y ha sido conmovedor”.

El triunfo electoral de Joseph Biden es una fiesta para la democracia en EEUU. Si hay algo que lamento, habiendo vivido tantos años aquí, es nunca haber tramitado la ciudadanía. De tenerla hubiera podido votar en esta elección histórica, la más masiva de que se tenga registro. Es probable que mi voto no hubiera servido de mucho, porque en California, donde vivo, los demócratas ganan fácilmente.

Y como en este país no existe el voto directo sino que los ciudadanos votan para elegir un número fijo de electores por cada estado, que son quienes eligen al presidente, poco importa si se gana con 3 u 8 millones de votos; el ganador tendrá los 55 electores asignados a este estado en el colegio electoral. Lo digo no para justificar mi no-voto, sino para remarcar el carácter antidemocrático de la democracia en este país.

El voto popular no cuenta, y los colegios electorales son un remanente de tiempos esclavistas, y de tiempos en que se pensaba que el pueblo no estaba preparado para elegir a sus representantes, debiendo delegar este derecho a un grupo de electores. Un sistema análogo existía en el Perú durante el siglo XIX, hasta que fue eliminado con la reforma electoral de 1896, en que se impuso el voto directo (aunque eso tampoco era garantía de  democracia, porque esta misma reforma excluyó del voto a los analfabetos).

En tiempos de la esclavitud, los blancos en los estados del sur lograron que tres de cada cinco esclavos contasen como una persona, para inflar su representatividad en el colegio electoral y en el parlamento, pese a que estos no votaban. Importaba la demografía, no la ciudadanía de los no blancos. Cuando la esclavitud se abolió, los blancos quisieron retener sus privilegios mediante mecanismos diversos de supresión del voto a los descendientes de los esclavos, muchos de los que aún subsisten –no obstante el histórico triunfo del Voting Rights Act de 1965– y se han exacerbado con Trump.

Estas luchas contra la supresión del voto se han reactivado y han sido decisivas para el triunfo de Biden. Un ejemplo es la movilización impulsada en Georgia por Stacey Abrams, demócrata afroamericana que estuvo a punto de ganar la gobernación de dicho estado hace un par años, perdiéndola ante un republicano en una elección ajustada de dudosa legitimad.  Su campaña, que incluyó la creación varias asociaciones, logró registrar a 800,000 nuevos votantes y está a punto de dar un estado más a los demócratas, lo que a su vez abriría la esperanza de una mayoría demócrata en el senado.

Por lo pronto, Georgia ha frenado la reelección de dos senadores republicanos, un logro no menor en este estado que hace décadas votaba republicano. Movilizaciones similares de mujeres afroamericanas explican en parte el viraje azul en Pensilvania.

Es en estas luchas infatigables de los históricamente excluidos y diariamente denigrados, por hacer prevalecer sus derechos, donde veo la democracia. Y ha sido conmovedor. Ayer un reportero afroamericano de CBSN no pudo contener las lágrimas cuando hablaba de la movilización de afroamericanos por el voto en varios estados, en medio de una pandemia devastadora. A otro periodista afroamericano de CNN le pasó lo mismo ante cámaras. No más humillación en las calles, sintió.

Biden le debe el triunfo a esta porción de la ciudadanía, y así lo ha reconocido. Las encuestas a boca de urna dicen que el voto negro fue de 87 % para Biden y 12 % para Trump. Si bien esta tendencia electoral no es inusual, es especialmente significativa por lo que se jugaba en estas elecciones: democracia versus fascismo. Vale citar las palabras de un ciudadano afroamericano cuando un ciudadano negro más fue acribillado por la policía por el solo hecho de ser negro: “Nosotros queremos tanto a este país, ¿por qué este país no nos quiere?”. La deuda de la democracia estadounidense con la ciudadanía afroamericana es impagable.