Rafael Roncagliolo

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Elecciones electorales

“... todo esto contrasta con el paisaje preelectoral peruano. Aquí, la oferta de candidaturas no puede ser más hacinada y, a la vez, insignificante y superficial...”.

Con las elecciones del último martes en los Estados Unidos, se confirman algunas conclusiones que ya se observaban en las consultas boliviana y chilena del mes pasado.

Ante todo, una altísima participación electoral, que no tiene precedentes en ninguno de los tres países. Pese a la pandemia. Señal de que la creciente pérdida de legitimidad de las democracias se debe solo a la desconfianza provocada por el deterioro de las instituciones y por las prácticas caudillistas, mercantilistas y privatizadoras de la actividad política. No a irresponsabilidad ciudadana. En los momentos cruciales, los ciudadanos acuden, sin vacilar, a las urnas.

De paso, se ha puesto de manifiesto, una vez más, en los tres países, la relativa impotencia predictiva de los sondeos de opinión. Las causas de esta impotencia, además de los cambios de opinión en el corto plazo, son bien conocidas: subestimación de los electores rurales; falso supuesto de que los encuestados emiten siempre su verdadera opinión, como si la situación de entrevista no acarreara la tensión inherente a su analogía con el examen, en el que hay respuestas correctas e incorrectas; etc., etc. En suma, las encuestas de opinión son, sobre todo, un instrumento útil en el mundo mesocrático urbano. Por lo demás, ellas constituyen una buena pintura impresionista del momento, más que una fotografía de la situación.

Luego (a tenor de lo que presagian las cifras al momento de escribir estas líneas y si las maniobras de Trump no se imponen judicialmente), los resultados, en los tres países, llevarán a la reafirmación de la democracia, como mecanismo siempre dinámico. A pesar del racismo y la mágica creencia en la supremacía blanca, males endémicos de la cultura estadounidense, que sin duda seguirán resistiéndose a perecer durante un tiempo que irá más allá de Donald Trump.

Las tres recientes consultas confirman que, en esta etapa, lo que impone el ideal democrático es disminuir las abismales y escandalosas diferencias sociales a que ha llegado la humanidad en las últimas décadas. Y, por ese camino, restablecer los mecanismos de resolución de conflictos por las vías del derecho y la negociación. Tanto al interior de cada país, como en el plano internacional. Lo cual implica recuperar las instancias multilaterales y abandonar el espíritu bélico. De la mayor importancia en las relaciones interamericanas, para salir del descalabro de los últimos tiempos.

Por último, en las tres consultas recientes se ha expresado también una importante polarización del electorado.

El mapa de la ciudad de Santiago con las tres comunas de gente más rica (Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea) votando contra la nueva constitución y todo el resto de la ciudad a favor, lo ilustra mejor que cualquier consideración teórica.

Y, por supuesto, todo esto contrasta con el paisaje preelectoral peruano. Aquí, la oferta de candidaturas no puede ser más hacinada y, a la vez, insignificante y superficial. Salvo escasas excepciones, no hay propuestas ni tampoco intereses claros en juego. Todo parece más de lo mismo. Por ejemplo, ¿alguien podría precisar qué diferencias programáticas existen entre dos de las primeras opciones de algunas encuestas (Keiko Fujimori y Daniel Urresti)?

Efemérides: Hoy se cumplen quince años de la detención de Alberto Fujimori, en Chile. Fue el final de una larga fuga.

Y anteayer, jueves 5, conmemoramos doscientos años de un evento crucial en nuestra lucha por la independencia de España. En la noche del 5 de noviembre de 1820, el almirante británico Thomas Cochrane tomó audaz y sigilosamente el barco más importante de la escuadra española en el Océano Pacífico: la fragata Esmeralda. El apoyo de Cochrane a nuestra Independencia fue decisivo y no debe olvidarse.