Ángel Páez

Ángel Páez

La Tribu

El reportero que le dijo no al diablo

Cuando Osama bin Laden invitó a Robert Fisk a unirse a su causa, le contestó: “Soy periodista, y ese es mi propósito en la vida, contar la verdad”. Fue como rechazar la tentación del mismo diablo.

Robert Fisk solía llamar “periodistas de hotel” a los reporteros que, en lugar de salir a buscar información, como esperaban con ansiedad sus lectores sobre las guerras, los golpes de Estado o las revoluciones, lo hacían desde sus cómodas habitaciones. Si algo caracterizó precisamente al legendario Fisk, fue estar en el lugar de los hechos, abordar a los responsables, conversar con ambos lados, o con todos los que fueran necesarios, para comprender, interpretar y explicar los conflictos, como en el Oriente Próximo, que fue su especialidad. Así pudo hablar con monarcas, sátrapas, “señores de la guerra” y todo tipo de personajes. Es así que fue el primero en entrevistar, y hasta tres veces, a Osama bin Laden.

El inglés Robert Fisk, como cualquier periodista que se respete, tenía admiradores y detractores, y ambos bandos concordaban en que el periodista contaba con envidiables fuentes, que combinaba con incursiones a las zonas calientes, tomando ventaja del resto que prefería los comunicados oficiales. Ese estilo lo hizo muy conocido. Por eso, cuando le mencionaron la oportunidad de que Robert Fisk lo visitaría en sus escondites, Osama bin Laden no dudó en recibirlo en 1993, 1996 y 1997. No sabía en lo que luego se convertiría, pero estaba seguro de que era muy peligroso. No es cuestión de suerte entrevistar tantas veces al diablo.

“Mi primera impresión fue que se trataba de un hombre tímido”, escribió Fisk en La Gran Guerra por la Civilización (Crítica, 2015), un libro celebrado por su narrativa emocionante, rigurosa, exultante: “Sus manos eran firmes, no fuertes, pero, sí, parecía un hombre de las montañas. Los ojos te buscaban la cara. Era delgado, tenía dedos largos y una sonrisa que –aunque nunca podría describirse como amable– no sugería vileza”.

Robert Fisk, fallecido a los 74 años el último 30 de octubre, era hijo de un veterano de la Primera Guerra Mundial que en las vacaciones lo llevaba a visitar las principales zonas de combate, quedó fascinado por la importancia del reportero a la hora de informar sobre hechos que luego serán parte de la historia. Al entrevistar a Osama bin Laden se dio cuenta de que no podía tratarse de un payaso ególatra millonario que gastaba su dinero en un ejército de fanáticos que odiaba a Occidente y en particular a Estados Unidos.

“Mirando hacia atrás ahora, sabiendo lo que sabemos, comprendiendo la monstruosa fi gura bestial en que se convertiría en la imaginación colectiva del mundo, busco alguna clave, la menor prueba, de que ese hombre iba a inspirar una acción (el 11 de septiembre de 2001) que cambiaría el mundo para siempre”, escribió en su libro. También confesó que el cerebro de Al Qaeda le pidió unirse a su causa. Fisk rechazó la propuesta: “Soy periodista, y ese es mi propósito en la vida, contar la verdad”, le dijo. Fue como rechazar la tentación del mismo diablo.