Rafael Roncagliolo

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Elección tras elección

“En conclusión, no puede decirse que actualmente EE. UU. tenga ‘el’ modelo de elecciones democráticas. No es el país más democrático del mundo, ni mucho menos...”.

La elección boliviana ha sido una gran reafirmación democrática; y el plebiscito chileno ha abierto el camino para la construcción de un orden más igualitario y, por ende, más democrático.

En cuatro días más, tendremos una nueva consulta popular: las elecciones de EEUU. De cara a ellas, hay que recordar ciertas carencias de su sistema electoral:

Para empezar, no siempre el candidato que tiene más votos termina siendo presidente. Al Gore tuvo más votos que George W. Busch en el 2000, pero Bush fue proclamado presidente. En el 2016, Hillary Clinton obtuvo más votos que Donald Trump, pero es este y no aquella el presidente actual. O sea, que no todos los votos tienen el mismo peso. Lo mismo ocurrió en 1824, en 1876, y en 1888. De hecho, la elección de Bush se produjo por una sentencia de la Corte Suprema, luego del escándalo de Florida, lo que permite valorar la importancia que tiene la composición de esta Corte (y el último nombramiento de una jueza conservadora).

En segundo lugar, EEUU es el país en el que más influencia política tiene el dinero. Lo ha recordado Farid Kahhat el último domingo. Al contrario de lo que ocurre en el resto del mundo, en EEUU no hay topes para las donaciones electorales. Por eso, las campañas empiezan por recolectar fondos y, solo en un segundo momento, buscan votos. Los fondos de campaña, ya sabemos, se traducen luego en presiones y favores. Baste señalar que el costo de la actual campaña electoral se calcula en catorce mil millones de dólares (US$ 14,000′000,000!). Más que el total de la inversión pública peruana para el 2020.

En tercer lugar, existen legislaciones estaduales y prácticas destinadas a dificultar el voto de las minorías. Esto se ha agravado, en parte, desde que, en el 2013, la Corte Suprema anuló artículos relevantes del “Voting Rights Act”, que había sido aprobado en 1965. Dicha legislación eliminaba leyes y prácticas estaduales que exigían condiciones discriminatorias para votar, tales como pruebas de alfabetismo, tenencia de propiedades, o pago de impuestos especiales, todo lo cual afectaba principalmente al voto de la población afrodescendiente. El argumento principal para su eliminación fue que la elección de Obama la hacía innecesaria. Las barreras prácticas al voto hoy día incluyen insuficiencias de locales en distritos con mayoría afrodescendiente o hispana, lo que los obliga a largas colas; requisitos limitantes para el registro como elector y purgas a este registro; y hasta intimidaciones a cargo de individuos armados de grupos de extrema derecha.

Cuarto, las elecciones de representantes se realizan en distritos artificialmente elaborados, lo que se presta a la práctica del “gerrymandering”, por la cual quienes gobiernan en cada Estado pueden adecuar sus mapas al comportamiento electoral, a modo de incrementar artificialmente su representación.

Y, por último, el sistema electoral mismo está concebido para imposibilitar el surgimiento de terceras fuerzas políticas relevantes. El que gana en una circunscripción se lleva todo; y los demás, nada. No hay proporcionalidad.

Todo esto ha desfigurado las prácticas democráticas en la base de la sociedad (asociatividad en colegios, barrios, iglesias, clubes, etc.), que son una valiosa característica fundacional del país y que tanto destacó Alexis de Tocqueville cuando escribió, en la primera mitad del siglo XIX, La democracia en América.

En conclusión, no puede decirse que actualmente EEUU tenga “el” modelo de elecciones democráticas. No es el país más democrático del mundo, ni mucho menos. Cumple algunos grados de democracia, sí, pero está lejos de ser el paradigma.

Por encima de estas lamentables condiciones, el mundo espera que Donald Trump no sea reelegido. ¡Sería terrible!