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La culpa, la esperanza, el COVID y la política

Según este artículo, “a diferencia de lo que muchos creen, el acatamiento de la cuarentena en el Perú fue más respetado que en los países más exitosos de la región...”.

Hace unos días un artículo publicado por RPP: “¿Fuimos los peruanos irresponsables en el cumplimiento de la cuarentena?” (02/10/20) daba cuenta de una encuesta de IPSOS del mes de mayo, donde se mostraba que el 75% de los entrevistados consideraba que la principal razón por la que no se ha podido controlar la epidemia del COVID-19 era “por los ciudadanos irresponsables que no cumplen con las disposiciones del gobierno”. Las razones serían la informalidad, el hacinamiento, la falta de educación, la precariedad, etc. Sin embargo, lo interesante de este dato es que esta autopercepción culposa no coincide con lo que llamamos “realidad”. Según este artículo: “a diferencia de lo que muchos creen, el acatamiento de la cuarentena en el Perú fue más respetado que en los países más exitosos de la región”.

Para comprobar esta afirmación se recurre a indicadores, digamos, “objetivos” como Google Community Mobility Report, que acopia datos respecto al desplazamiento de las personas con celulares con sistema Android y el reporte de Big Data del BBVA Research que recolecta información respecto a la conducta de gastos en el Perú y en otros países. Como también la congestión del tránsito y la concentración del dióxido de nitrógeno que se utiliza para medir el uso de combustibles fósiles. Y si bien se le puede cuestionar que se ha dejado de lado otros indicadores como la aglomeración de la gente en los mercados y bancos, la migración de la ciudad al campo, lo cierto es que, como dice esta nota, el acatamiento a la cuarentena ha sido uno de los más disciplinados en la región y que, por lo tanto, el “sacrificio de la población fue relativamente elevado”. En este contexto la campaña del gobierno que nos dice que “no seamos cómplices” en la propagación del COVID lo que busca más bien es reforzar la culpa de la población, desconociendo el sacrificio de las y los peruanos y evadiendo explicaciones más serias y científicas sobre por qué el Perú, como dice la BBC, “es el país con la mayor tasa de mortalidad entre los más afectados por la pandemia” pese a ser uno de los que pusieron mayores restricciones en el mundo.

Otros datos importantes en relación al tema los encontramos en una reciente encuesta nacional de fines de setiembre e inicios de octubre de la agencia IMASEN. El primero es que, según esta encuesta, más del 58% de los entrevistados afirma que su familia tiene dificultades para cubrir los gastos de alimentación; el 56% para cubrir los gastos en educación; el 62,9% en salud; y el 53,8% los gastos de vivienda. Ello va en consecuencia con lo que acaba de afirmar el diario Gestión (12/10/20) que “el 57% de la población solvente sus gastos con endeudamiento, retiro de fondos de AFP y bonos”. El segundo dato es que un 43% de los entrevistados aprueba la gestión del presidente Vizcarra. Y si bien se puede afirmar que su aprobación ha bajado, en junio fue 63,2%, podemos decir que sigue siendo alta pese a la pandemia y a las denuncias sobre supuestos actos de corrupción en su entorno íntimo. El tercero es que cerca del 70% considera que el papel de los políticos en el combate a la pandemia ha sido muy malo o malo frente al 1,2% que cree que ha sido muy bueno y bueno.

En este contexto, como dice Giovanna Peñaflor, presidenta del Directorio de IMASEN, no es extraño que las expectativas de la población sean muy bajas ya que se espera poco de los políticos y de la política. Ello explica el poco interés de la mayoría de peruanos en las próximas elecciones generales como también la interpretación de que la aprobación presidencial antes que expresión de una admiración por su papel como presidente sea más bien el reconocimiento de una ausencia de expectativas sobre su desempeño como tal sobre todo ahora en que él estaría comprometido en actos de corrupción. Podríamos decir que hoy las y los peruanos nos movemos entre la culpa y la ausencia de expectativas. No hay mucho espacio para la esperanza.