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Cuando las estatuas (no) caen

“Pero aun cuando en el Perú los movimientos ciudadanos no sean los que derriben estatuas (lo que da para un tema aparte), se constata un cambio de sensibilidades”.

Por: Cecilia Méndez

Hace unos meses, el mundo fue testigo de las movilizaciones sociales más masivas desde la primera marcha de mujeres Me Too”. Las protestas se desataron en respuesta a la tortura y asesinato por asfixia, en plena vía pública, del ciudadano estadounidense negro George Floyd, a manos de un policía blanco, mientras aquel imploraba: “déjame respirar”. Se trataba solo de la última expresión de una cultura de violencia y desprecio por las vidas de lxs estadounidenses negrxs a manos de las fuerzas del orden y de supremacistas blancos, que se ha acentuado en los últimos años. La reacción en solidaridad a Floyd y a esa ola de asesinatos ha sido profunda. Por primera vez, muchos de quienes hasta entonces habían banalizado el lema “Black Lives Matter” (“Las vidas negras importan”) –aduciendo que “todas las vidas importan”— ahora no solo lo comprendían, sino que lo hacían suyo.

Como parte de las movilizaciones, los manifestantes atacaron y derribaron estatuas icónicas del pasado esclavista, como aquellas que fueron erigidas a los oficiales del Ejército Confederado en las primeras décadas del siglo veinte, en el momento más atroz de los linchamientos a ciudadanos negros, la llamada “era de Jim Crow”. Su presencia pública resultó de pronto tan ominosa que, en algunos casos, las propias autoridades decidieron arrancarlas de sus pedestales, como sucedió en Richmond, capital de la Confederación, en Virginia. Pronto, la ola iconoclasta se expandió por el mundo, tocando a personajes asociados no solo con la esclavitud sino con el colonialismo, causantes del extermino no solo de africanos sino de poblaciones bautizadas como “indios”. En Sudáfrica decapitaron a Rhodes, en California cayeron varios Colón, en Nuevo México la estatua del conquistador Juan de Oñate fue removida por las autoridades. En Bristol (Inglaterra), el traficante de esclavos y “benefactor” de la ciudad, Edward Colston, fue arrastrado, soga al cuello, al mismo río en el que por siglos se realizó la trata. Los hechos tuvieron el carácter de un juicio póstumo. Menos atención se prestó al derribamiento de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Colombia, pese a que fue parte de un juicio póstumo que las autoridades indígenas autónomas de Popayán, los piurek, están llevando en los tribunales, sentando así un precedente fascinante en el sistema judicial.

Mientras, los peruanos, confinados en su cuarentena, no se atrevieron a salir. ¿Lo hubieran hecho sin pandemia? Me vino a la mente la polémica suscitada cuando en 2003 el alcalde Castañeda decidió retirar la estatua ecuestre de Pizarro de la plaza que llevaba su nombre, a unos metros de la Plaza de Armas. Debo confesar que sentí cierto alivio, por lo avergonzada que me había sentido siempre frente a mis amigxs mexicanxs en Estados Unidos, al decirles que en Lima nuestro conquistador, montado en su caballo y con sable desenvainado, miraba, a unos metros, el Palacio de Gobierno. Una efigie de Cortés en el Zócalo de México sería impensable. Recordé también que en la televisión hasta hace no mucho se aludía a Lima como “La Amada por España” y al Palacio de Gobierno como “La Casa de Pizarro”. ¿Limeños enamorados de sus conquistadores? ¿Cómo explicarlo?

Pero aun cuando en el Perú los movimientos ciudadanos no sean los que derriben estatuas (lo que da para un tema aparte), se constata de un cambio de sensibilidades, como lo muestra el hecho de que, desde 2009, el 12 de octubre no es más el Día de Colón, o de la Raza (hispánica), sino el de los Pueblos Originarios. Por ahora un cambio retórico, como lo ha demostrado una pandemia en la que sus vidas no fueron tomadas en serio, y como lo sigue probando la impunidad frente a los asesinatos cada vez más avezados de los defensores de los bosques, en manos de traficantes de maderas y otras mafias. Una respuesta firme a estos crímenes valdría más que mil estatuas derribadas.