Raúl Tola

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Pelea en el barro

“Trump se burló de Biden diciendo: ‘Yo solo llevo mascarillas cuando hace falta. No como él, que se la pone aunque la persona con la que está hablando esté a 200 pies (65 metros)’”.

Uno de los mejores diagnósticos que he leído sobre el momento político que vive el mundo ha sido hecho por el ensayista colombiano Carlos Granés. En su libro «Salvajes de una nueva época» dice: «Entramos en una nueva época en la que los dramas sociales y las reivindicaciones políticas sirven para promocionar y vender arte, y en la que algunos recursos estéticos y ciertas estrategias disruptivas del arte están siendo usados con éxito para publicitar y llevar las instituciones al extremismo político».

Quizá el mejor ejemplo esta apropiación política de los exabruptos y disfuerzos que acompañaron a algunas de las corrientes artísticas más relevantes del último siglo y medio ocurrió este martes, en el primer debate entre el candidato republicano y actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el demócrata Joe Biden.

Como se ha repetido, se trató de un espectáculo en donde primaron las interrupciones y salidas de tono. Sus resultados fueron tan lamentables que han obligado a cambiar las reglas de estos encuentros a futuro, incluyendo la posibilidad de cortar el micrófono a uno de los contendientes si no las respeta.

Aunque Biden lanzó la mayor cantidad de insultos («racista», «payaso» o «mentiroso»), fue Trump quien llegó al debate para convertirlo en una pelea en el barro. Como si fuera un reality show, hizo de él una sucesión de interrupciones, gritos, ataques bajos, mentiras descaradas, teorías de la conspiración y omisiones flagrantes (como una condena a los supremacistas blancos).

Este despliegue de prepotencia y malos modales cumplió su propósito. Porque le evitó a Trump responder a las críticas, plantear propuestas, intercambiar opiniones y confrontar ideas. En otras palabras, fue un despliegue performático para destruir cualquier posibilidad de diálogo, disimular las limitaciones y encubrir los errores de una gestión llena de pasivos.

Durante el debate, Trump se burló de Biden diciendo: «Yo solo llevo mascarillas cuando hace falta. No como él, que se la pone aunque la persona con la que está hablando esté a 200 pies [65 metros]». Fue solo la última de una larga lista de irresponsabilidades en su manejo de la pandemia, que han pasado por menospreciarla («Va a desaparecer. Un día. Es como un milagro, desaparecerá»), proponer disparates (inyectarse luz o desinfectante) o mentir a su pueblo (como reconoció al periodista Bob Woodward, siempre supo que era algo «mortal», pero quiso restarle importancia para no crear pánico).

Esta semana se cierra con el positivo de Donald Trump al Covid-19 (contraído a pesar de asegurar que estaba inmunizado por automedicarse con hidroxicloroquina). ¿Está llegando el momento en que la espectacularidad vacua y grotesca ceda su lugar al sentido común?