Raúl Tola

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Nueva normalidad

“Reconozco que la imagen me produjo un breve ataque de pánico. Supuse que podrían avecinarse tiempos de escasez y llegué a pensar de qué sería capaz por un poco de comida...”.

Doce personas se reúnen en un pequeño departamento. Se apiñan en la mesa del comedor sin guardar la más mínima distancia social y, luego de pasar por alto el ritual de lavarse con agua y jabón, cogen la comida que se sirve en enormes fuentes con las manos. Los interrumpe el dueño de casa, que llega tarde del trabajo. Viene sin mascarilla, no se echa gel antiséptico y saluda a todos con grandes besos y abrazos. Lo mismo pasa con un grupo de invitados que llegan rezagados.

La escena me produce escalofríos, me hace pensar en lo irresponsables que son algunos y en el enorme peligro que estas personas están corriendo por su imprudencia y falta de asepsia. Tienen que pasar unos instantes para que recuerde que se trata de la escena final de la película Green Book, ambientada en el otoño de 1962, que estoy viendo en casa.

Hemos incorporado la obsesión por la limpieza y el distanciamiento de una manera tan drástica que imágenes como esta, tan cotidianas hace apenas seis meses, nos causan impresión. En las semanas que siguieron a esa estampida de contagios, muertes y confinamientos, que fue la primera oleada mundial del coronavirus, los agoreros anticiparon que nuestras costumbres cambiarían profundamente por el impacto de la pandemia. Lo hayamos notado o no, ya estamos viviendo ese futuro distópico.

Más de un amigo ha terminado echándose encima la comida o la cerveza por olvidarse que llevaba la boca cubierta con una mascarilla. Este trozo de tela primero nos producía incomodidad, luego lo incorporamos a nuestra vestimenta cotidiana y hemos terminado asumiéndolo casi como una extensión de nuestros cuerpos. No es el peor ejemplo. Hace una semana vi una violenta discusión en un parque —entre dos personas que estuvieron a punto de agarrarse a golpes— porque el perro de una de ellas estuvo a punto de olfatear el biberón del hijo de la otra, llenándolo de gérmenes y virus. El totalitarismo anticipado por ficciones como Fahrenheit 451 no parece ser tan fantasioso ahora que hemos visto los niveles de vigilancia y delación a los que podemos llegar, obsesionados con el control y la represión de la vida de nuestros vecinos.

El primer día que salí de compras durante el confinamiento encontré vacías las estanterías de los fideos, el azúcar y la harina. Reconozco que la imagen me produjo un breve ataque de pánico. Supuse que podían avecinarse tiempos de escasez y llegué a pensar de qué sería capaz por un poco de comida (¿pelear? ¿robar?). Aunque la distribución en los mercados se normalizó, terminé de comprender que somos mucho más frágiles de lo que pensamos y de asumir que la línea que separa la civilización de la barbarie es bastante más delgada de lo que imaginamos.