Marisa Glave

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Julio Gamero

“En estos tiempos que nos toca vivir, en los que la desigualdad nos golpea duramente, la vida de Julio se vuelve ejemplo”.

Son pocos los economistas que toman la decisión de poner su conocimiento al servicio del sector más débil del mercado: la clase trabajadora. De hecho, son pocos los que siquiera saben que existe una rama, cada vez más delgada, de economía laboral.

Quienes defienden el dogma neoliberal a ultranza no quieren que haya Julios Gameros, porque muestran, con solvencia técnica y rigurosidad, las groseras fallas de su modelo y los efectos perniciosos en la vida de la gente, en particular de las y los trabajadores. Y con trabajadores me refiero no solo a las pocas personas que tienen un empleo digno, sino a los cientos de miles que sobreviven en la precariedad e informalidad.

Las empresas transnacionales que operan en el país tienen estudios de abogados y equipos de economistas que sustentan su posición en las negociaciones laborales. En parte hacen un ejercicio de fuerza, muestran su poder. Los sindicatos no tienen los recursos para pagar ese tipo de servicios; de alguna manera por eso resulta difícil que usen instrumentos legales como el arbitraje laboral para sustentar sus pliegos de reclamo.

Consciente de esto, Julio fue su brazo técnico muchas veces. Preparó con detalle los estudios económicos que mostraban por qué las y los trabajadores sí merecían un aumento salarial o una mejora en sus condiciones de trabajo. Muchos sindicatos ganaron con él estos procesos.

Viceministro de trabajo, parte del equipo de la OIT para países andinos, investigador de CEDAL, director de DESCO, asesor sindical, maestro, compañero. Julio fue todo eso, pero especialmente fue un hombre bueno, sencillo. Los pergaminos no eran su principal preocupación, no necesitaba mostrarlos cuando estaba en alguna reunión. Escuchaba atento, sereno, dispuesto siempre a ayudar y a compartir la información que pudiera tener.

Recuerdo varias conversaciones con él. Algunas acompañando a compañeras y compañeros trabajadores que necesitaban ayuda. Su actitud era solidaria, horizontal. Nunca soberbia o de distancia. Si no podían ir a la oficina, por problemas de horarios, abría las puertas de su casa. No lo olvidaré y sé que miles de mujeres y hombres trabajadores tampoco lo harán.

En estos tiempos que nos toca vivir, en los que la desigualdad nos golpea duramente, la vida de Julio se vuelve ejemplo. Solo desde el compromiso solidario con el más débil construimos una sociedad con justicia.