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El desgaste de la palabra

“La forma de comunicación del presidente con la población, que le fue útil para mantener su legitimidad y su popularidad en estos meses, también se estaría agotando”.

Al amigo ausente: Julio Gamero

A los pocos meses de asumir la presidencia Alejandro Toledo, le pregunté a un amigo lo siguiente: ¿quién habla más, Toledo o Paniagua? Su respuesta fue inmediata: Paniagua. Cuento esta anécdota para preguntar qué es hablar en general y sobre todo en política. En este caso, era obvio que Toledo “hablaba” más. Sin embargo, se podría decir que Paniagua hablaba menos, pero comunicaba más. Por eso, una persona que habla mucho, cansa. La otra posibilidad es dejar de prestarle atención. Dicho de otra manera: quien habla más no es quien más se comunica con el otro porque simplemente este otro no lo “entiende” o no le “interesa” lo que uno dice.

Me parece que esto le está pasando al presidente Vizcarra: habla mucho, pero se comunica cada vez menos con la gente. Comunicarse varios días a la semana no es fácil, menos cuando el contexto en el cual se habla es cada día más difícil. Es este contexto catastrófico, producido por la pandemia y donde la muerte es un hecho cotidiano, y en el que se mezclan el miedo con la incertidumbre, el que termina siendo el “marco referencial” en el cual el otro resignifica lo que escucha. Por eso cuando no existe una “buena comunicación”, consecuencia de un contexto difícil, uno duda si lo que escucha es falso o verdadero y también si es útil o no es útil.

Con ello quiero decir que la forma de comunicación del presidente con la población, que le fue útil para mantener su legitimidad y aumentar su popularidad en estos meses, también se estaría agotando. Lo que dice el presidente, por tanto, no es ni necesariamente verdadero ni tampoco útil para aquellos que lo escuchan. A ello se suma el desorden en el gobierno en la lucha contra la pandemia como lo demuestra la reciente contradicción entre el premier Martos y la ministra de Salud respecto al uso de las pruebas moleculares en estos momentos. Ello no hace sino alimentar la duda respecto a si el gobierno tiene una estrategia adecuada para combatir esta pandemia.

El otro dato importante es que su otra fuente de legitimidad y popularidad: su confrontación cuasi permanente con el Congreso, también se está agotando. No solo porque este tema ahora no es importante −más aún cuando existe una pandemia que parece desbordarse− sino porque la solución de esta emergencia de salud no depende directamente del Congreso sino del Ejecutivo y de las regiones. A ello se suma que el presidente ha perdido capacidad de “chantaje” frente al Congreso al no poder clausurarlo porque estamos en el último año de su gobierno. Por eso no nos debe extrañar que el premier sea un militar, que las FFAA sean hoy su principal fuente de apoyo y que sus allegados políticos acusen a los opositores de ser unos “conspiradores”.

Un dato importante es la última encuesta del IEP del mes de agosto en la cual el presidente baja diez puntos de un mes a otro; que son los de “abajo” los que más lo desaprueban y que el 51% no sabe por quién votar. Por eso, lo que se podría venir es la conjunción del “desastre”, que es la pandemia, con la “crisis” económico, social y política que hoy se vive y producir un vacío de representación que definirá las próximas elecciones y el futuro del país.