Hernán Chaparro

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La otra orilla
Profesor e investigador de la Universidad de Lima.

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Nuestro unicornio azul

“Puede que el actual presidente sea más recordado como el personaje que se movió entre crisis y crisis que por su gestión en algo en particular”.

Llega un 28 de julio que nunca nos imaginamos. Se mezcla la celebración de las Fiestas Patrias con la evaluación de la lucha contra una pandemia y una crisis económica de grandes proporciones, el inicio del último año del corto gobierno del presidente Vizcarra, las tensiones de la competencia electoral y, por último, una mirada cercana a lo que será el bicentenario. Mucha incertidumbre, pero se van mostrando algunos caminos y certezas. ¿Qué balance hacer? Puede que el actual presidente sea más recordado como el personaje que se movió entre crisis y crisis que por su gestión en algo en particular. Enfrentó una crisis política, realmente dos (la renuncia de PPK y la disolución del Congreso), la crisis sanitaria y la crisis económica.

La distancia entre su nivel de aprobación general (alrededor del 60%) y la menor evaluación de aspectos puntuales de su gestión son el indicador de que conectó con una parte muy dolida de la ciudadanía que no necesariamente se ha mostrado en obra tangible. El mandatario comentaba en una reciente conferencia de prensa una experiencia que tuvo cuando fue gobernador en Moquegua. De acuerdo con su relato, la lección que él extrajo, o en todo caso, en lo que se reafirmó en ese momento, fue en su compromiso con escuchar a la gente. Todo el que ha tenido un cargo directivo sabe que esa es la parte más importante del liderazgo, saber escuchar, comprometerse con el otro para ver qué hacer, aunque se sepa que las soluciones no son fáciles, no necesariamente son las demandadas o no están todas a la mano.

Creo que algo de eso le transmitió a la gente Vizcarra y es probable que por eso algunos lo acusen de populista. Bueno será recordar que en diversidad de estudios lo que la población manifiesta es que percibe a los políticos siempre preocupados por sus propias agendas e intereses, lejanos, sin escuchar sus demandas. Y a juzgar por el comportamiento del Congreso, ahí tenemos más de lo mismo.

Vizcarra ha tenido muchos problemas de gestión y quedarán diversos pendientes, pero ha mostrado que escuchar es una ruta posible de conexión con “los habitantes” a los que aludía Naím en una reciente entrevista. Otro balance es el que tenemos que hacer de nosotros como comunidad política. La hiperinflación vivida durante el primer gobierno de Alan García dejó un aprendizaje importante sobre la necesidad de manejar con cuidado la economía. Eso facilitó la aceptación ciudadana de las medidas económicas que tomó Fujimori, pero solo hasta ahí llegamos. Esta crisis pone en evidencia que el crecimiento económico sirve de poco sin la institucionalidad adecuada. Sin embargo, no parece que hayamos dado el paso siguiente, que es el de apuntar a una reforma clara en ese sentido. ¿De qué puede depender la voluntad de cambio? Las reformas económicas tuvieron mucho apoyo porque estaban vinculadas a negocios relativamente inmediatos. Las reformas institucionales no son negocio, implican más cambios y plantean mínimos consensos sobre qué tipo de orden queremos autoimponernos, qué autoridad reconocemos. Ese debería ser nuestro unicornio azul.

(*) Profesor/investigador Universidad de Lima.