Raúl Tola

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Los mentirosos

"Nadie es tan ingenuo como para pensar que los políticos vivan para honrar su palabra y digan exclusivamente la verdad".

«Las propuestas de ley no deben venir en función de lo que hemos ofrecido en la época de campaña electoral. A mí me parece eso muy irresponsable, porque en campaña electoral se ofrece de todo. Imagínense ustedes si acá se viene a tratar de desarrollar normas en función a lo que se me ocurrió ofrecer en campaña. Entonces me parece un mal referente y eso también me preocupa».

Sin quererlo, la congresista Mirtha Vásquez, del Frente Amplio, ha conseguido resumir en una sola intervención todos aquellos defectos y limitaciones que, durante los casi 200 años que tiene, han impedido que nuestra democracia consiga echar raíces y funcione plenamente. Producto emblemático de la sociedad de los antivalores, en las palabras de Vásquez no parecen haber cálculo ni maldad, sino sinceridad e, inclusive, inocencia.

La congresista Vásquez las pronunció al calor del debate sobre el retiro de la inmunidad parlamentaria que esta semana ocurrió en la Comisión de Constitución del Congreso. Fueron un eco de otras afirmaciones no menos sorprendentes de Rosario Paredes Eyzaguirre (Acción Popular) que, al oponerse a esta reforma, dijo: «Las leyes no pueden darse por un compromiso de campaña y dejar la función importante de fiscalización».

Habría que agradecerle a la congresista Vásquez la claridad con que ha descrito los mecanismos de embuste e impunidad que han terminado por imponerse como la regla de oro de nuestro juego político. Ella solo se ha atrevido a poner en palabras lo que todos sabíamos: que quienes participan en una campaña política mienten a sabiendas, que una elección es una mascarada, un mercado persa, un concurso de popularidad para ser ganado por quien exagera más, ofreciendo aquello que seducirá a los ciudadanos.

Esta lógica supone que en el tránsito a autoridad electa se opera una violenta mutación —un sinceramiento, más bien— por el que los candidatos olvidan sus promesas e incurren en una abierta deslealtad contra quienes los votaron. En palabras de la congresista Vásquez, no hacerlo —es decir, honrar la palabra empeñada y pelear por sacar adelante las transformaciones que ilusionaron a quienes te escogieron— sería «muy irresponsable». Un científico político no habría podido diseccionar mejor la dinámica que opera en nuestros procesos electorales, cuyo mayor representante fue sin duda Alan García, capaz de construir castillos en el aire con la agilidad de su verbo y de olvidarlos con la misma facilidad cuando se trataba de hacerlas cumplir.

Nadie es tan ingenuo como para pensar que los políticos vivan para honrar su palabra y digan exclusivamente la verdad. Pero lo contrario, un sistema político que se asienta en la sistemática traición de las expectativas ciudadanas, en la inconexión entre la propaganda y la realidad, que declare que lo que está mal es ser coherente y cumplir lo prometido en campaña, es sencillamente inviable. Tristemente, no hay nada que nos permita hacer pensar que el 2021 será diferente.