Rafael Roncagliolo

Rafael Roncagliolo

Cara al futuro

Más del columnista

Rafael Roncagliolo

Sueño bicentenarioSabado 01 Ago 2020 | 10:15 h

Rafael Roncagliolo

América Latina en la guerra tibiaSabado 25 Jul 2020 | 11:28 h

Rafael Roncagliolo

Jorge Álvarez CalderónSabado 18 Jul 2020 | 11:28 h

Rafael Roncagliolo

Vientos de frondaSabado 11 Jul 2020 | 11:39 h

“Firme y feliz por la unión”

“Cabe esperar que todas las organizaciones se sumen a la lucha que el Perú libra contra el virus”.

Desde su formulación por José Gregorio Paredes, en 1825, el lema del Perú nos ha acompañado en monedas, escudos y discursos.

En las políticas de Estado del Acuerdo Nacional, suscritas el 23 de julio de 2002, se lee: “Tal vez con este documento ponemos la primera piedra para construir realmente el sueño primero de la República: un Perú firme y feliz por la unión de todos los peruanos”.

“Promesa y apuesta” llamó a este lema el presidente Valentín Paniagua. Promesa y apuesta para un país nacido de la gran fragmentación de la América conquistada por España.

En el Perú de 1825 la unión se invocaba frente a la fragmentación entre Amazonía, sierra y costa. Entre la Lima, virreinal (“horrible”, la llamaría Sebastián Salazar Bondy) y el resto del país. Entre el Congreso y el Poder Ejecutivo, cuyos vehementes conflictos se remontan hasta el primer presidente, José de la Riva Agüero, y el primer Congreso Constituyente. Nos afligía, además, el desmembramiento producido por la independencia de Bolivia y por la anexión de Guayaquil a la Gran Colombia.

Desde entonces, hemos vivido más división y ruptura que unión. Con consecuencias trágicas, como la desmembración del sur y la invasión y destrucción, que sufrimos hace ciento cuarenta años.

La pandemia ofrece, por enésima vez, ocasión para convertir la promesa de unión en realidad solidaria. Para cerrar filas. El arzobispo de Lima lo ha invocado con autoridad. El Acuerdo Nacional ha puesto la mesa.

Lástima que, en medio de este saludable clima, la CONFIEP haya publicado una Carta Abierta al presidente de la República, en la que cuestiona la mera posibilidad de que se aplique la constitución vigente.

Lo que mejor demuestra que la fragmentación subsiste es que la CONFIEP hable en nombre de “el sector empresa rial que agrupa a los pequeños, medianos y grandes empresarios por igual”.

En un país fragmentado, la verdad es que la CONFIEP expresa solo a una parte del empresariado. Si expresara a todos, no existirían, fuera de ella, la ADEX, la SNI, la Cámara de Comercio, que no han suscrito la carta en cuestión. Si expresara a todos, la carta no hubiera sido tan duramente criticada por la sociedad de los industriales; y la asociación de los bancos, gremio empresarial muy poderoso, no hubiera avisado que no fue consultada y que no está de acuerdo con ella.

El Perú no se reduce al Estado y los dirigentes de la CONFIEP, como dos poderes que se tratan de igual a igual. Dirigirse al presidente “con la misma indignación” es como hablar de poder a poder. La CONFIEP es un legítimo interlocutor. Pero uno entre o.

En circunstancias como las actuales, cabe esperar que todas las organizaciones se sumen a la lucha que el Perú libra contra el virus. Por encima de intereses particulares y de legítimas simpatías y antipatías políticas. Así, el Perú llegará ser, finalmente, Firme y Feliz por la Unión.

P.S. El muy lamentado fallecimiento de Santiago Manuin es una advertencia dolorosa de la urgencia de respetuosa unión con los pueblos de nuestra Amazonía.