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Más de cien días después

"No había forma de disimular ni adentro ni afuera lo miserables que habíamos sido, mientras se nos había estado vendiendo un enorme frasco de sebo de culebra."

Primero fueron leves movimientos, un respingo, una educada carraspera. Después la piel de gallina; de ahí se pasó al erizamiento. Y desembocamos en la alharaca vocinglera (valga la redundancia) de quienes ya no saben cómo defender la imagen y el país que crearon y fomentaron con entusiasmo en las últimas décadas. Como en una escena de El Topo, la película de Jodorowsky donde los harapientos salen de una cueva e invaden la ciudad, aparecieron los pobres. En tiempos pre – Covid no se notaban, pero con la cuarentena comenzaron a ser protagónicos, con sus casas – chozas sucias y sus ollas despostilladas y el agua en baldes y sus niños desnutridos. Además eran un montón, reclamones y quejosos. Visibles y por cientos de miles; ya no se podían esconder bajo la alfombra.

Repasemos argumentos: El Quédate en casa y Lávate las manos, no fue suficiente. No había agua y la casa era un hacinado remedo de vivienda. ¿De quién era la culpa? Elemental: del despilfarro estatal y de la Refinería de Talara, tremendo ejemplo, gran caso. La gente comenzó a morir en la puerta de los hospitales. No había camas suficientes en las UCI, ni oxígeno. ¿En dónde recaía la responsabilidad? En las corruptelas de un Estado ineficiente, incapaz de ejecutar el presupuesto de salud que había aumentado en la última década, gracias al modelo económico que algunos resentidos sociales llaman neoliberal. Informales son en un 70% los trabajadores; las razones habría que buscarlas en la rigidez de las leyes laborales que, como sabemos, tienen altísimos sobrecostos para los empresarios. La cadena CNN reprodujo el viaje de retorno a su pueblo de una shipiba con sus tres hijas, en esos periplos que congregaron a miles, sin comida ni trabajo. Y hasta en el Washington Post se escribió sobre la fragilidad de nuestro exitoso Perú. No había forma de disimular ni adentro ni afuera lo miserables que habíamos sido, mientras se nos había estado vendiendo un enorme frasco de sebo de culebra: estábamos a punto de entrar a la OCDE, el club de los países ricos.

Vendedores ambulantes inundaron las calles de La Victoria, irónico nombre para esta espeluznante situación, y comenzaron a contagiarse unos a otros mientras corrían de los serenos tratando de que no les arrebataran su mercadería. Se opinó que el gobierno era irresponsable por su falta de previsión en lo que a servicios y atención hospitalaria se refiere. Se calificó al Ejecutivo de incompetente pues no advirtió que, con la cuarentena, la economía se estaba yendo al garete (esto último, escrito por quien ha conducido a la quiebra a la empresa que le confiaron, es casi cínico). Había que reactivarse. “Muevan las industrias” dijeron, como en la canción. Y se abrieron las compuertas a los préstamos empresariales, garantizados con nuestro dinero.

Así como la suma de una refinería, los satélites, los panamericanos, las normas laborales y corruptelas varias no bastan para explicar la magnitud económica y social de esta debacle en poco más de cien días, tampoco es sólo la torva ideología ni la mala prensa de la empresa privada la causa de la creciente inquina hacia ella. Pensemos sino en las tarifas de las clínicas privadas, el monopolio del oxígeno, el incremento del precio de las medicinas, las transferencias bancarias a insospechados destinatarios. Los casi diez mil muertos están ahí, suficiente con ellos para explicar los rencores.