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Refugiados en cuarentena

La COVID-19 ha traído graves consecuencias, pero también ha mostrado que, sin importar la nacionalidad, raza o etnia, todos somos humanos.

Por: Federico Agusti, representante de ACNUR en el Perú

El informe anual de ACNUR, Tendencias Globales, muestra un número sin precedentes de 79,5 millones de personas desplazadas en 2019. Es la cifra más alta jamás registrada por ACNUR. La mayoría lo han debido abandonar todo, su casa, sus amigos y su familia.

Esta pandemia ha alejado a muchos de sus seres queridos, ha significado la pérdida del empleo y una ansiedad creciente al no saber cuándo volverían a salir y reencontrarse. Estas son tan solo algunas de las emociones que viven las personas refugiadas, quienes, además, deben volver a reconstruir sus vidas en un país desconocido, donde no tienen redes de apoyo y sin saber cuándo podrán volver a casa.

“Llegué hace dos años, mi esposo había encontrado trabajo y yo estaba vendiendo postres. Con tres hijos habíamos logrado reiniciar nuestras vidas. Con la pandemia es como si la cinta se hubiera rebobinado y estamos de nuevo en ceros”. Estas palabras de una madre venezolana que conocí en un comedor de Lima, donde fuimos a repartir canastas de alimentos, me han quedado grabadas.

Miles de refugiados están en esa situación, volviendo a empezar por segunda vez, como resultado de esta pandemia. En Perú hay casi medio millón de personas que han solicitado protección al gobierno buscando salvaguardar su vida y luchando por salir adelante, haciéndolo el segundo país con más solicitantes de refugio en el mundo y uno de los países en desarrollo que acogen a ocho de cada 10 refugiados.

Es un país hospitalario, solidario y que ha realizado grandes esfuerzos para recibir a la población refugiada. Desde ACNUR los hemos acompañado y complementado el trabajo apoyando a las instituciones como la Comisión Especial para Refugiados y la Defensoría del Pueblo, brindando alimentación a más de 70.000 personas, dando asistencia en efectivo a más de 16.000 personas y brindando orientación remota a más de 40.000 durante la cuarentena.

No es suficiente, ni en Perú ni en otros países de la región, considerando que hay más de 4,5 millones de personas venezolanas desplazadas. Venezuela pertenece a los cinco países que representan dos tercios de las nacionalidades de las personas desplazadas a través de fronteras junto a Siria, Afganistán, Sudán del Sur y Myanmar. Nos queda mucho por hacer.

En esta pandemia también conocimos a Carmen, otra madre venezolana que en esta tragedia ha podido iniciar su cinta y rehacer su vida como médica. Tras convalidar su título con el apoyo de ACNUR, se ha sumado a un equipo que atiende enfermos de COVID-19. “Todos los días tengo miedo de contagiarme, a veces no quiero ver a mis hijos para no ponerlos en riesgo, pero me siento orgullosa de ayudar en estos momentos a este país, donde me he sentido bendecida por el apoyo que he recibido”.

La COVID-19 ha traído graves consecuencias, pero también ha mostrado que, sin importar la nacionalidad, raza o etnia, todos somos humanos. Nos ha mostrado que hay otras formas de hacer las cosas y que todos tenemos un rol que jugar para salir adelante como sociedad. Es momento de aunar aún más los esfuerzos de la comunidad internacional, de ACNUR y de Agencias ONU, con el Gobierno en todos sus niveles, la sociedad civil, el sector privado y la academia para desarrollar políticas públicas que permitan sacar lo mejor de cada uno y reactivar este gran país. No será fácil, pero hay muchas posibilidades, y las personas refugiadas pueden ser importantes agentes de cambio si les damos la oportunidad.