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Segundo domingo de mayo

“Este domingo, un día de la madre sombrío, me atrevo a recordar, en el nombre de la señora Johana, a mi mamá y a mis amigas por su fortaleza ante el sufrimiento de sobrevivir a un hijo.”

El lunes 23 de diciembre del 2019, el diario La República reprodujo imágenes de un chat entre la joven Alexandra, que partía a trabajar, y Johana, su mamá. Era una conversación de unos días antes. Decía así:

Sábado 14 de diciembre

21.24 h. Alexandra: Hola, ma

21.24 h. Mamá: Bebé. ¿Dónde estás?

21.24. h. Alexandra: Recién bajé del carro

21.24. h. Mamá : Ya en tu trabajo. Hola . ¿Estás con Gabriel?

21.31. h. Mamá: Holaaaa

21.34. h. Alexandra: Sí. Ya llegamos. Hay demasiada gente abajo, ala

[21.49 h.]

21.50. h. Mamá: Suerte y tranquila. Recuerda que tú eres una buena trabajadora

21.50. h. Mamá: Te amo, mi vida

21.50. h. Mamá: Mañana apenas sales me escribes. Con cuidado siempre, mi amor

21.51. h. Mamá: Cualquier cosa me llamas. A la hora que sea, mi vida

Domingo 15 de diciembre

06.14. h. Mamá: Amor

06.55. h. Mamá: Llámame apenas salgas

07.32. h. Mamá: Se pasaron en tu trabajo. No respetan la hora

08.31 h. Mamá: Amorrrr. No sé nada de ti

La mañana de ese domingo 15 de diciembre, Johana esperaba a su hija para desayunar, pero no llegaba. Recibió una llamada: ¿Es la mamá de Alexandra? Le preguntaron. “Señora, hubo un accidente. Su hija ha fallecido”. El diálogo que reproducimos es elocuente: una mamá queriendo a su hija, preocupándose por ella, alentándola. Asustada ante su silencio.

Una de las esencias del periodismo es la noticia. Y sobrecoge la rapidez de su tránsito. Por eso se habla del “refrito”, la vieja historia del día anterior que a nadie interesa, pues ya pasó. Como los niños que, con sus padres, acampaban en los exteriores del Ministerio de Salud reclamando por su sangre contaminada del plomo de la minera Volcan. O Mirella Huamán, madre de Camila. Sí, esa, vilipendiada mamá de una niña violada y asesinada. Noticias de un marzo que parece remoto.

Alexandra Porras y su enamorado Gabriel Campos trabajaban en un local de McDonald’s. Limpiaban la cocina en la madrugada del domingo 15 de diciembre pasado. Una deficiente conexión provocó descargas eléctricas y ambos murieron. Johana, la mamá de Alexandra, le escribía a una hija que ya no estaba. Si volvemos a leer ese diálogo, ya monólogo, intuiremos la angustia y la dimensión de la pérdida.

En estos días de pandemia se han recordado otras que recorrieron el mundo en siglos anteriores. En 1920, la “gripe española” mató a Sophie, la hija predilecta de Freud. Es te hecho lo condujo a repensar el duelo, que él había considerado un proceso natural e inevitable. La pérdida de un hijo es una lesión grave, reconoce Freud. Y en una carta a su colega Ludwig Binswanger escribe: “Sabemos que el dolor agudo que sentimos después de una pérdida seguirá su curso, pero también permanecerá inconsolable y nunca encontraremos un sustituto. No importa lo que suceda, no importa lo que hagamos, el dolor siempre está ahí. Y así es como debería ser. Es la única forma de perpetuar un amor que no queremos abandonar”

El dolor no desaparece porque es una garantía de un amor al cual no renunciaremos. Este domingo, un día de la madre sombrío, me atrevo a recordar, en el nombre de la señora Johana, a mi mamá y a mis amigas por su fortaleza ante el sufrimiento de sobrevivir a un hijo.