Claudia Cisneros

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COVID-19: preguntas de un pasado futuro

“Nunca, ni durante las guerras mundiales, los seres humanos hemos estado tan al unísono confrontados a nuestra ambigüedad existencial y al mismo tiempo tan dependientes del otro para no morir”.

La humanidad entera en modo de supervivencia. Congelamos la sonrisa tras una máscara. De vida o muerte, toca censurar la boca. Caminamos evitando al otro. Dribleamos sus existencias amenazantes. Estamos obligados a imaginar las invisibles gotas de veneno en el aire que les circunda. Todos somos potenciales asesinos. ¿Cuánto de la otredad amenazante es una nueva versión de viejos atavismos de discriminación?

En realidad ni las gotas ni el virus son invisibles, solo escapan al rango de visión humana desnuda; solo resalta otra de nuestras limitaciones. ¿Cómo sería el comportamiento humano si de pronto pudiéramos ver el virus en esas gotas?

Nunca, ni durante las guerras mundiales, los seres humanos hemos estado tan al unísono confrontados a nuestra ambigüedad existencial y al mismo tiempo tan dependientes del otro para no morir. Queda a la vista cómo somos un gran cuerpo interconectado. ¿Qué nos dice esta paradoja, de la dependencia y la distancia, que hoy nos desconcierta?

Hemos perdido el control de la nave. Hay técnicos trabajando para arreglar el desperfecto y eventualmente creemos que lo harán… pero no pueden ganarle al tiempo y el virus opera en otra dimensión temporal: la de su réplica óptima a ravés de nuestros cuerpos decadentes. Son tiempos distintos a los de nuestra solución más óptima: la ciencia. La ciencia funciona porque tiene un proceso de verificación que toma lo que escasea ahora para sobrevivir, tiempo. ¿Calibraremos las responsabilidades políticas de no haber financiado a tiempo las advertencias científicas de la pandemia? ¿No era rentable, pensaron los economicistas? ¿No era necesario, argumentaron descreídos de ignorante conveniencia los cortoplacistas?

Lo científico vuelve a ser revalorado. Aporta mayores grados de certeza. Y sin embargo también es confrontado con sus límites, con los límites del conocimiento humano, con las múltiples variables que intervienen en sistemas complejos como la vida, que es posible gracias a un equilibrio exacto de combinación de elementos. ¿De cuánta soberbia humana nos desprenderemos cuando esto acabe? ¿O volveremos a depredar como si todo lo que nos rodeara nos perteneciera solo porque podemos controlarlo?

Hay una resistente estupidez humana inmune a la racionalidad científica que persiste en las teorías de conspiración, en el apetito procaz de los alimentadores del paradigma del dinero por sobre la vida, en la biopolítica disciplinadora de cuerpos mediante ideologías de control normalizadas (invisibles a sus huéspedes). ¿Habrá en la humanidad post-covid19 espacio y tiempo para deseducar a los consumidores funcionales al modelo económico que evita la proliferación de ciudadanos críticos?

Las comunicaciones digitales han salvado el día durante la pandemia. ¿Lo han salvado? ¿O eso también es más ilusión? ¿Qué efectos tendrá el salto cuántico del uso masivo de lo digital obligado por la pandemia? ¿Cuánto podrá beneficiarnos o será nuevo recurso de ganancias, de minería de datos, de vigilancia y control?

Se repite como mantra que nadie estaba preparado para una pandemia así. Lo importante es preguntarse ¿por qué? Advertencias científicas documentadas existen desde hace años. Si los Estados invierten billones en armamento y tecnología para guerras convencionales, ¿por qué esos Estados no invirtieron en defensas antipandémicas? Me temo que la respuesta más descarnada es que no había un mercado para ello.

¿Qué va a pasar mientras el virus siga mutando e infectando en 2da o 3ra olas, qué pasará con las siguientes pandemias que los epidemiólogos advierten que llegarán? ¿Seguiremos pasivos ante modelos que nos desprotegen y que indirectamente mandan al matadero a los discriminados de siempre? Hay respuestas. Lo que no se ve por ahora son valientes que se atrevan a revolucionarlas.