Raúl Tola

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Descanse, Luthier

“Tanto escuché a Les Luthiers que terminé por aprenderme todos sus diálogos y canciones”.

Comencé a escuchar a Les Luthiers a los quince años, cuando un compañero del colegio me prestó dos casetes de factura doméstica, con las carátulas fotocopiadas, donde venían los que, muy probablemente, sean sus mayores clásicos: «Les Luthiers hacen muchas gracias de nada» y «Mastropiero que nunca».

Me impresionaron mucho esos espectáculos disparatados, una sucesión de escenas («La tanda», «La gallina dijo eureka», «Cartas de color» o «El asesino misterioso») donde unos guiones ingeniosos convivían con un acompañamiento que exploraba todos los géneros musicales —arias, cantatas, tangos, jingles publicitarios, canciones de cuna, rock—, interpretados en los «instrumentos informales», que los propios artistas diseñaban y construían: el latín —o violín de lata—, la guitarra dulce —montada con dos latas de dulce de camote—, el tubófono silicónico cromático —una zampoña con tubos de ensayo— o el bass-pipe a vara —un trombón hecho con mangueras de cartón—.

Tanto escuché a Les Luthiers que terminé por aprenderme todos sus diálogos y canciones. Un día, como parte del trabajo social que hacía mi colegio, me tocó ir al Hogar Clínica San Juan de Dios, adonde llevamos donaciones y presentamos algunos números artísticos. Todavía me emociono cuando recuerdo las carcajadas de los niños que convalecían en sus camas clínicas, cuando, junto con ese amigo que me había prestado esos primeros casetes de Les Luthiers, interpretamos de memoria «La tanda».

Poco después, un primo me prestó los demás discos de este grupo de humoristas, compositores y narradores argentinos, para quienes el adjetivo «genial» queda corto y a cuyas presentaciones vuelvo con frecuencia, ahora gracias a YouTube. Sí tengo claro que, entre todas su virtudes, la que más me deslumbró fue el empleo de un lenguaje vasto e ingenioso, que creaba humor con juegos de palabras intraducibles a otros idiomas: «Con sus fuerzas casi extintas / a vasto imperio llegó / puso pie en tierra de incas / o sea, hizo hincapié».

Acaba de morir Marcos Mundstock, principal responsable de esos malabarismos verbales, el Luthier calvo que relató las historias de don Rodrigo Díaz de Carreras, Johann Sebastian Mastropiero o Yoghurtu Nghé, verdadero artifi ciero de las palabras, cuya voz cavernosa asocio a algunos de los momentos más felices de mi vida. Paz a sus huesos.