Diego García Sayán

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El fin de una era

“En las próximas semanas viviremos la creciente tensión entre el requerimiento sanitario de cuarentenas vs. el brutal impacto económico que ya se está produciendo”.

Antes de la pandemia más de 1,500 millones de turistas daban vueltas por el mundo. Hoy más de media humanidad está en “detención domiciliaria”; cruzar la calle o salir a una compra indispensable han pasado a ser actos más bien excepcionales y muchas veces al borde de las prohibiciones. De una globalización que erosionó las fronteras, hemos pasado a otra en la que lo compartido son reglas de inamovilidad e impenetrables fronteras, internas y externas.

Fuera de la foto de lo que está pasando, destacan tres aspectos fundamentales en este shock mundial sin precedentes sobre lo que promete ser una nueva era en las relaciones personales y globales.

Primero: miles de millones de personas pasamos de un planeta con la información y los movimientos globalizados a otro de encierros y fronteras blindadas que no terminará de la noche a la mañana. Las reglas varían en cada país, pero, en general, tienden a ser aceptadas, a sabiendas de que uno de los efectos será una brutal recesión.

¿Por qué se acepta? Por una razón contundente: el miedo a la muerte; el temor de morir asfixiándose. El globalizado pavor al sueño eterno. En eso estamos. Mientras, la economía ya se tambalea con la gran recesión en marcha; en el Perú el 42% de la población ya quedó desempleada o sin ingresos.

En las próximas semanas y meses viviremos la creciente tensión entre el requerimiento sanitario de cuarentenas vs. el brutal impacto económico que la parálisis económica ya está produciendo. El desempleo y el hambre ya galopan globalmente. El diálogo democrático, el discurso pedagógico y, especialmente, efectivas medidas compensatorias de emergencia son urgencias que la coyuntura pone en primer plano.

En segundo lugar, el hecho de que la crisis de salud generada por la pandemia –se acerca a los 200,000 fallecidos en el mundo y los 500 en el Perú– está poniendo en el banquillo el ocaso de una globalización.

Particularmente clara es una reciente entrevista al presidente de Francia Emmanuel Macron, insospechable de alter mundialista. Siendo enfático en destacar avances democráticos y en calidad de vida derivados de la globalización, la globalización tal como la hemos conocido tendría que cambiar sustantivamente. Al bienestar expandido y el aumento de los ingresos de antes le ha sustituido el aumento de la desigualdad, el desempleo y el incontenido calentamiento global, con sus terribles efectos. Convoca Macron a que los proyectos de globalización futuros viren a tener a la persona como el fin y objetivo sustancial.

Tercero, estamos en el fin de una era. Esto nos plantea el gran reto de retomar la globalización como espacio de crecimiento económico y de integración, pero, a la vez, redefinir sus prioridades y rumbos. De manera que ocupen lugares preferentes la salud pública, la educación pública y el enfrentamiento al calentamiento global. En interés, pues, de poner primero a la gente, cada una de las personas que habitan este jaqueado planeta.

Que el miedo a la muerte no tenga que obligar a restringir los derechos de la gente.