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Mamita, los chilenos

No es posible justificar brechas de inversión pública que traslucen el desprecio por la gente desprovista de derechos y de ingresos.

La memoria, a diferencia de la historia, está encapsulada en las emociones del pasado sugiere la historiadora Francesca Denegri en el prólogo del libro “Ni Odiar ni Amar con Firmeza. Cultura y Emociones en el Perú Posbélico (1885 – 1925)[i]. Denegri, editora de la publicación, reúne múltiples miradas sobre los discursos tejidos alrededor de la guerra con Chile, sin evadir temas como la humillación del vencido y la pérdida de dignidad y de riquezas. Al leerlo, fue inevitable actualizar el recuento de errores de las elites nacionales que Jorge Basadre trazara para el escenario del conflicto: frivolidad, corrupción, ineficiencia administrativa.

Quien pierde una guerra se feminiza, parece ser una de las claves del análisis de Gonzáles Prada, de ahí su énfasis en el rescate “viril” de la patria, como lo sustenta en su ensayo Ana Peluffo. Mientras Giovanna Pollarolo en su artículo, contrasta el orgullo y la celebración del regreso de Tacna al Perú, con el resentimiento nacional de la derrota, una herida que podría definir la identidad nacional. Otros textos del volumen nos invitan a reflexionar sobre el imaginario que hemos construido, y que resignifican la exclamación del siglo pasado: ¡Mamita, llegan los chilenos!

El libro sugiere pistas aún en tiempos de coronavirus, pues la Guerra del Pacífico sigue presente. Un periodista le preguntó hace unas semanas al presidente Vizcarra porqué, si el número de contagiados en Chile era mayor que en Perú, en ese país se moría menos gente. La pregunta revoloteó cual hojas del árbol caído en Tacna y Arica, el pisco, el Huáscar y los miles de libros saqueados de la Biblioteca Nacional y llevados al sur cual botín. Desde esa interrogante, las elucubraciones no han cesado.

Amartya Sen, premio Nobel de Economía, podría ayudarnos a responder. Para graficar la importancia de la política pública, Sen comparó la mortalidad infantil en menores de cinco años, en varios países, entre los años 1960 – 1985 según sus niveles de Producto Interno. Encontró que países con un alto crecimiento de su PBI no habían disminuido la muerte de infantes, otros sí. Pero Chile y Cuba pese a que registraron una caída del PBI en ese período, habían disminuido notablemente la mortalidad de sus niños. En las antípodas del régimen político, para ambos, su población no era descartable.

A propósito de la contabilidad de muertos en la pandemia, circularon datos sobre gasto público en salud que variaban según la fuente. Si usamos los de la CEPAL por su confiabilidad, en el 2017 Chile invirtió el 9% de su PBI en salud; Perú casi la mitad, 5% (https://estadisticas.cepal.org/cepalstat/WEB_CEPALSTAT). No somos un país sin recursos, somos un país sin argumentos. No es posible justificar brechas de inversión pública que traslucen el desprecio por la gente desprovista de derechos y de ingresos. Para no repetir errores del pasado, recordemos los costos de la corrupción durante el gobierno de Alberto Fujimori que, según el historiador Alfonso Quiroz, representó el 50% del gasto público y el 4.5 % del PBI nacional. O dónde fueron los 9 mil millones de dólares producto de la liquidación de las empresas públicas de la década del 90, que debieron ser invertidos en educación y salud (DL 674). A ver si así dejamos de preguntarnos porqué en Chile se mueren menos contagiados.

[i] “Ni amar ni odiar con firmeza: cultura y emociones en el Perú posbélico (1885- 1925)” http://repositorio.pucp.edu.pe/index/handle/123456789/170314