Marco Sifuentes

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Hambre, sudor y máscaras

“Llevar calma a la población no es una tarea despreciable ni innecesaria. Y sería injusto acusar a Vizcarra de estar maquillando la realidad u ocultando información”.

Hasta ahora, Vizcarra ha cumplido bien su función de padre severo pero apapachador, que te llama la atención por haber visto esa película de terror antes de ir a dormir pero que también te asegura, mientras acomoda tu frazada, que no pasa nada, que no hay monstruos en la oscuridad.

El problema es que esta vez los monstruos sí existen.

Los virus no son los monstruos. Los virus cumplen el rol de la película de terror. Los verdaderos monstruos son todos esos años perdidos mientras el sistema de salud pública del Perú se iba deteriorando hasta la nada, hasta convertirse en esos cascarones que, por estos días, empiezan a desbordarse de cadáveres.

Vizcarra mismo parece desbordado por los monstruos. Van dos días –miércoles y viernes– en los que ha dejado de aparecer al mediodía en los hogares peruanos para hacerles sentir todo va a estar bien. Y, desde hace un par de semanas, él ya no asume la ingrata tarea de dar el número de muertos. Ciertamente, nunca debió haberlo asumido.

En esta semana de sus ausencias, los monstruos asomaron mucho más que la cabeza. El martes fue el día en el que se registraron más casos que nunca, a pesar que –a inicios de abril–, el ministro Zamora había dicho que para entonces el pico ya habría llegado. El viernes, un informe de Contraloría confirmó lo que decían ya reportes periodísticos: en el nuevo hospital de Ate –supuestamente exclusivo para la pandemia– solo habían 20 camas UCI y 35 ventiladores no funcionan. Y ese es el hospital estrella de la capital. ¿Y el resto del país? La respuesta a esta interrogante se puede encontrar en todos los factores que contribuyeron a la muerte del excongresista Ushñahua, un ejemplo perfecto de cuán insalvable es el sistema. Y ahora el término “caminantes” –los varados en Lima que prefieren morir contagiados camino a casa que de hambre en la capital– ya se incorporó al léxico diario.

Llevar calma a la población no es una tarea despreciable ni innecesaria. Y sería injusto acusar a Vizcarra de estar maquillando la realidad u ocultando información. Pero por algo el video filtrado de Mazzetti tuvo el impacto que tuvo. Porque dijo cosas que ninguna autoridad había dicho antes. Cosas que debieron haberse dicho en Palacio al mediodía, haberse asumido en directo, haberse expuesto de forma oficial. Cosas que te preparan para ver los monstruos.

Más que ningún otro gobierno de este siglo, el de Vizcarra cuenta con una popularidad brutal. El objetivo del régimen no debería ser mantenerla, sino utilizarla. Aprovecharla para que los peruanos asuman lo que se viene, no solo a nivel de contagio, sino también de empobrecimiento. Mazzetti lo dijo en ese video: esto es una guerra. Y los líderes en guerra no están para ofrecer apapachos diarios. Los líderes en guerra –como hubiese dicho Churchill– tienen poco que ofrecer más que hambre, sudor y máscaras.