Rafael Roncagliolo

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Pandemia e incomunicación

“En medio del aislamiento, comprobamos que sólo unidos, familias, países, el mundo, podemos vencer a la pandemia”.

El virus ha alterado nuestra comunicación cotidiana. No nos visitamos. Nos saludamos sin tocarnos. Nos queremos sin besarnos. Nos reunimos en zoom, no en espacios físicos. Pasamos aún más tiempo, solitarios, frente a la pantalla de la televisión, la computadora o el celular. Todo indica que esto no terminará con la pandemia. Si la pandemia acaba. A estas alturas, empezamos a preguntárnoslo. La pandemia genera incertidumbre.

En el Decameron, Giovanni Boccaccio inventa a siete mujeres y tres hombres que se refugian en una villa, en las afueras de Florencia, para contarse historias suculentas, durante la peste negra del siglo XIV. Hoy no es posible este tipo de convivencia. “Cada uno está sólo sobre el corazón de la tierra”, decía Salvatore Quasimodo.

Sin embargo, la pandemia sólo ha acelerado un proceso que viene de atrás. Se trata del abandono de los espacios públicos. Del recogimiento, primero al ámbito familiar y luego al espacio individual.

Así, en el siglo XIX hubo una explosión inaudita de venta de pianos. El piano servía para escuchar música en casa, sin necesidad de trasladarse al teatro o la plaza. ¿Qué es un hogar sin su piano?, se preguntaba entonces una publicidad inglesa. Luego se inventó el fonógrafo.

En el siglo XX, la genealogía sigue con la radio, el disco, la videograbadora, el televisor y la cinta de video. Ya no hay que trasladarse para consumir cultura y entretenimiento. Éstos se reparten a domicilio.

Cuando arribó la radio al Perú, el radiorreceptor se puso en el centro del living y los pioneros invitaban a los amigos a escucharlo. Era un símbolo de status. Luego se desterró al dormitorio. Terminó en el auto o el bolsillo. Similar recorrido cumplió la televisión.

Desde mediados del siglo XX, también la sala de cine fue desplazada, primero por el living y luego por el dormitorio. Las imponentes catedrales del cine, como el Alcázar, el Tacna o el Pacífico, fueron construidas en Lima, en la víspera de que empezara a verse más cine que nunca, pero ya no en las salas. Ahora, el cine viene a casa.

Internet acentuó el proceso. Concebido (como suele ocurrir con los inventos comunicacionales) en el ámbito militar, saltó al mundo académico y de ahí al uso común. Las computadoras se convirtieron, de máquinas de procesamiento de información en vehículos de comunicación.

En este largo trayecto, la pandemia ha venido a extremar la vida solitaria. Hasta la escuela, esa “vieja y gorda vaca sagrada”, de que hablaba Iván Illich, se diluye en clases virtuales que se reciben a domicilio. Todo queda en el ámbito privado. Lo público, la gran reivindicación de la democracia contemporánea, se vuelve marginal y hasta peligroso. Hay que evitar todo contacto humano. El hombre es enemigo del hombre.

Sin embargo, la soledad no tiene que menoscabar la solidaridad. En medio del aislamiento, comprobamos que sólo unidos, familias, países, el mundo, podemos vencer a la pandemia. Hagamos que la vida más solitaria sea también más solidaria. Recuperemos de Louis-Joseph Lebret y François Perroux el propósito de una economía humana, cuyo contenido desborda los límites de estas líneas.