A pesar de los fuegos y vientos, Trump niega el cambio climático

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20 Sep 2020 | 13:04 h
Incendios forestales en California, Oregón y Washington. Foto: EFE
Incendios forestales en California, Oregón y Washington. Foto: EFE

Cuando una persona es terca y negacionista, se aferra a rechazar la advertencia de los científicos y no le importa los daños que produzcan los fenómenos naturales, como los incendios forestales en 12 estados del oeste de Estados Unidos, ni los devastadores huracanes en el sureste y el Golfo de México.

Por Antonio Camborda

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó esta semana al estado de California para ver con sus propios ojos los daños que han causado los devastadores incendios forestales. Pero fue a una de las ciudades menos afectadas, y se reunió en McClellan Park con el gobernador y otras autoridades que le informaron de los incalculables daños.

Trump, sin terminar de escucharlos, culpó de inmediato al gobernador y las autoridades de las ciudades afectadas, incluyendo a los bomberos, de una mala gestión y los responsabilizó del mal manejo de los recursos forestales, pero no se inmutó cuando todos le demostraron que sus apreciaciones eran erradas.

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Por ejemplo, el gobernador de California, Gavin Newsom, le hizo saber que solo el 2 por ciento de los bosques y plantaciones de ese estado está bajo el control estatal y el resto, o sea el 98 por ciento, está bajo la responsabilidad del gobierno federal, es decir, de Trump. Por supuesto, él no lo sabía ni le interesaba y le restó toda importancia.

Casi pierde los papeles cuando las autoridades de ese estado culparon al cambio climático, provocado por acción del hombre, pues Trump respondió que no había ninguno, porque, según él, esa es una teoría creada por enemigos de Estados Unidos y su desarrollo industrial.

Y aseguró que él no cree en las teorías de los científicos que estudian la atmósfera, los mares, la geología, el deshielo de los polos y la conversión en desiertos de grandes extensiones que antes fueron tierras de cultivo.

Pero, el tema del cambio climático es uno junto con otros de actualidad, la pandemia del coronavirus y la crisis laboral y económica, que forman parte de la campaña electoral en Estados Unidos.

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Los incendios en los estados de California, Oregon y Washington, que se iniciaron hace varias semanas, han destruido millones de hectáreas de bosques de pinos y otros árboles madereros, campos de cultivo y también miles de casas, y han dejado al menos 30 muertos y decenas de personas desaparecidas. Los daños se calculan en unos 20.000 millones de dólares.

Tanto el candidato demócrata, Joe Biden, y el aspirante a la reelección, el republicano Donald Trump, se han referido a los temas del momento, como la economía en crisis, consecuencia de la pandemia cuyo mal manejo se atribuye a la actual administración y las protestas por el problema racial.

Sin embargo, Biden ha criticado con energía a Trump por sus posiciones negacionistas del calentamiento global y su afán de cuestionar que ese sea la causa de estos siniestros.

Quienes hemos seguido la trayectoria de Trump, desde que asumió la presidencia de este país, sabemos que él encabeza una corriente negacionista sobre el cambio climático. Por eso, retiró a Estados Unidos de la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático y renunció a la firma del acuerdo de la Convención de Tokio.

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Y también retiró los fondos a los organismos internacionales, algunos de ellos dependientes de las Naciones Unidas, que llevan adelante estudios y acciones para que la población tome conciencia sobre el peligro que significa para el planeta y la humanidad entera los efectos del cambio climático.

La actitud de los negacionistas —no solo es Trump, sino también muchos otros—, especialmente sus seguidores, se refleja en su razonamiento falaz, y es que creen que controlarán los fenómenos naturales solo negándolos. Es como si quisieran tapar la luz del sol con un dedo.

El problema es que, si no se toman acciones de prevención y de precaución para evitar los grandes daños, veremos en pocos años, o, en el mejor de los casos, los más jóvenes de ahora, desaparecer ciudades tragadas por las mareas altas, convertirse en cenizas los grandes bosques, contaminar el aire hasta hacerlo irrespirable. No habrá entonces cómo salvar al planeta que nos ha permitido vivir hasta ahora como miembros de una civilización.