El día en que un misterioso millonario salvó de la muerte a una humilde maestra de campo

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23 May 2020 | 12:02 h
El paraje Mala Mala está cerca de Tafí del Valle, Tucumán. Foto: Infobae
El paraje Mala Mala está cerca de Tafí del Valle, Tucumán. Foto: Infobae

Un emotivo secreto revelado 43 años después. ¿Quién fue el hombre que ayudó a una docente que había quedado al borde de la muerte a mejorar su vida y las condiciones de la escuela en la que trabajaba?

“Todo empezó una tarde de marzo de 1977”, relata el periodista Julio Lagos, de Argentina, quien por ese entonces conducía El programa es usted en la emisora Radio Belgrano. Nunca imaginó que la lectura de una noticia le haría vivir una de las experiencias más conmovedoras y misteriosas de su vida.

Según relata él mismo para el portal de Infobae, ese día comentó una noticia que venía de la zona de Tucumán: en Tafi del Valle una joven maestra estaba tirada en el fondo de un profundo barranco. Había sobrevivido, pero estaba en muy malas condiciones. “Si hubiesen pasado un par de horas más habría muerto”, agrega.

Los lugareños que andaban por el lugar pudieron rescatarla debido a que se dieron cuenta de que su mula andaba sola sin cabalgadura.

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Julio, el hombre de prensa, confirmó de sus colegas que se trataba de una maestra de una zona conocida como Mala Mala. “Estaba yendo a trabajar y se ve que la mula se desbarrancó. Ella quedó inconsciente un día y una noche allí tirada”, le dijeron los informantes.

La joven se llamaba Aida Miriam Gómez, que en ese momento tenía 25 años, y efectivamente trabajaba en una escuelita precaria de Tucumán, pero en realidad era de Jujuy, Argentina. Esos datos se iban agregando a medida que pasaba el programa radial.

Lo que pensó que sería solo una lectura de noticias, pronto se convirtió en una excelente historia, porque ese mismo día recibió la llamada de un empresario que quería ayudar a la maestra y le preguntó a él si es que podrían reunirse para pactar la forma. Este aceptó de inmediato.

El caritativo se presentó ante el comunicador y le dijo que quería darle a la maestra 10 millones de pesos, que era una suma millonaria y muy bien valuada en Argentina para ese entonces. Julio Lagos aceptó, pese a que tenía compromisos familiares y laborales, pero la oferta incluía también el boleto de los pasajes y la estadía, por lo que fue la oportunidad perfecta para ayudar y conocer de cerca la historia de la joven docente.

“Le voy a dar a usted un cheque para esa chica y su escuela, para que vaya a verla y se lo entregue personalmente [...] Lo que ella hace es patriotismo puro y merece apoyo […] Pero le repito, esto es confidencial […] Ella no tiene que saber quién se lo envía", le dijo el empresario.

Así fue. El periodista fue hasta Jujuy, donde le dijeron que estaba la profesora, junto a sus familiares. Al llegar allá se dio con la sorpresa de que ese dato era erróneo. Aida estaba en Salta, en la casa de unos tíos. Julio tuvo que comprar nuevos boletos de bus para ir a donde ella estaba.

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Cuando arribó a su humilde hogar, ella le contó el periplo que pasaba a diario para llegar a la humilde escuelita en la que enseñaba. Tardaba hasta nueve horas y debía tomar caminos muy peligrosos en su mula solo para que esos niños a los que enseñaba no se atrasen.

“La escuela es demasiado pobrecita, como toda escuela del cerro […] Son dos ambientes, que los llamamos pomposamente aulas [….] No tienen revoque, no tienen piso, el techo es de zinc, tiene un espacio de diez o doce centímetros entre la pared y el techo, falta que se complete eso […] Hay un aula que tiene dos agujeros, uno que sirve de ventana y otro que sirve de puerta. El agujero de la ventana no se tapa, no hay con qué […] En lo que sería la puerta se pone una chapa de zinc, con el peligro para las criaturas porque cuando corre viento hay que arrimarle un banco”, fue el testimonio de la maestra.

Cuando Ayda recibió el dinero bendijo a la persona que se lo había mandado, pero no pudo conocer su identidad porque el empresario quería que se guardara el secreto. sin embargo, 43 años después, Julio Lagos se sintió relegado de guardar el secreto. Se trataba de César Cao Saravia, el dueño de una compañía metalúrgica.

Este hombre murió en 1988, y de él se sabía que como esa buena acción con la maestra habría hecho otras más.

El empresario falleció en 1988 y se supo que hacía varias acciones de ayuda. Foto: Infobae

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