Solidarios y resistentes: los refugiados del Comando COVID-19

Venezolanos, colombianos, argentinos y hasta haitianos han llegado a Sin Fronteras, un refugio ubicado en SJL. En plena pandemia, sus residentes hacen trabajos de desinfección y llevan donativos a las zonas más extremas de Lima.

Comando COVID-19 es un grupo de extranjeros solidarios que trabajan en plena pandemia. Foto: Luis Paucar.
Comando COVID-19 es un grupo de extranjeros solidarios que trabajan en plena pandemia. Foto: Luis Paucar.
Luis  Paucar

En una de las últimas casas de San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado del Perú, un niño espulga a un cachorro. Cuenta los bichos. Le susurra: “Duerme, duerme”. Un hombre lo mira de lejos, pero no se sorprende.

—Yo hacía lo mismo allá en mi país, mire vea —su voz se cuela entre una mascarilla de látex—. Y ya ve, de niño uno se la pasa bien con tan poco.

Es un miércoles de abril de 2020. El viento agita el polvo y tambalea los cubículos de triplay, algunos sin puerta, otros apenas con un latón.

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—Acá es así— dice Daniel Rojas, la voz ronca detrás de la mascarilla—: hay hambre, madres solas, mucho olvidado. Y nosotros sabemos de eso, vale. Los diez que estamos aquí hemos recogido mie***.

Son, en efecto, un grupo de diez. Todos venezolanos. Él es uno de ellos.

—Eso de recoger mie*** nunca se borra de la cabeza, vale.

Huyeron de un país que se deshace entre la pobreza y la dictadura. Fueron un manojo de lágrimas, pero de eso no queda rastro. Se quitan las máscaras, se mojan la cabeza; algunos están en cuclillas y celebran: “Ahí vamos, vamos bien”.

Desde hace cuarenta días, cuando el gobierno decretó cuarentena general, conformaron el Comando COVID-19. Y desde entonces, también, suben hasta la zona más extrema cargados de víveres, organizan ollas comunes, realizan trabajos de desinfección allí donde la pandemia aniquila en silencio.

El sol se derrama con furia. Una melodía lánguida se cuela desde una emisora. Rojas la tararea y luego da palmaditas al niño que espulga al cachorro:

—Ya no haga eso, nene, ya no haga eso.

Dice, después, que ha visto otras cosas:

—Claro que sí, vale. La otra vez un nene estaba comiendo esos bichos así, así. Y yo decía dónde está la madre. Díganle a la madre. Y el nene era huérfano.

La rutina durará, como siempre, cuatro horas. Algunas veces, como hoy, se animarán a hablar:

—Por eso no diga nada, vale. Es mejor así.

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René Cobeña Gómez lleva un rosario sobre su pecho y un anillo que le recuerda a San Miguel arcángel. Tiene dos hijos, un matrimonio restaurado y tiene, sobre todo, una biografía de extremos, donde hubo nada y todo.

Nació en el distrito de Comas —”en la punta de un cerro llamado Dios es amor”— sin saber de comodidades. El pan se servía en la mañana y por las tardes se comía papas, frejoles, quizás queso. Acabó la primaria con esmero. Dejó la secundaria por la mitad.

—Yo era el chico que vendía sobre las veredas mientras pensaba: “no volveré a esto, no volveré más”. Fue duro —suspira, se empuja los lentes—: pero cuando los sueños te asfixian y no conoces otra cosa, frenar es la última opción. Así que seguí.

Cuando cayó en cuenta que apenas dormía tres horas, René ya se había convertido en uno de los empresarios prósperos de Gamarra, el emporio textil más grande de Sudamérica. Exportaba a Estados Unidos. Volaba a China, a Japón, a Corea. Vacacionaba en playas exóticas. Esa era su rutina hasta que la vida lo detuvo sin contención.

—Sin contención. Fue un choque tremendo —dice—. De pronto eres víctima de una estafa. Quedas quebrado, con la moral por los suelos. Y 70.000 soles esfumados de tu cuenta bancaria. Los baches de la vida. ¿Qué me tocó? Rematar todo. Yo, que decía a mi secretaria “quiero volar a Brasil la próxima semana” y volaba, supe en ese momento lo que es desencajarse para siempre.

Un refugio oportuno

El 2015 no trajo expectativas. El 2016 fue igual de duro. Pero en 2017, para amilanar la ansiedad y la impotencia, René Cobeña se matriculó en un gimnasio junto a su hijo, Darwin. Pagaron 2x1. Al mes siguiente todavía no aprendían a usar las mancuernas cuando Lili Bolívar, la entrenadora, se acercó a ayudar.

—Fíjate que entonces ya sabía lo de la crisis en Venezuela, pero Lili hizo más cercana esa realidad. Había escapado de allí. Estaba sola y quería traer a su hijo. Estaba demolida. ¿Sabes qué es eso?

—No.

—Un hijo lejos es como si te quedaras sin aire; andas porque simplemente te toca.

René tenía su economía aniquilada, pero propició el reencuentro. Fue una ceremonia sin aspavientos: una cena mínima organizada por Lili y su recién llegado.

—Asistí con mi hijo. Comimos cachapa. Era una casa de dos por dos sin calaminón, pero al menos podían ver el cielo cargado de estrellas. Dije no, no, no, un momentito. Vamos a un lugar mejor, no merecen esto —hace un silencio, sigue—: me rebelé, hermano. Nos fuimos.

Se fueron. Esa semana alquiló un local de la calle Los Olmos 291, en San Juan De Lurigancho, en un año en que el éxodo de migrantes llegaba a picos desmedidos. El Gobierno peruano aprobaba el Permiso Temporal de Permanencia (PTP) y les posibilitaba trabajo legal. Si en 2016 Perú registraba unos 8.160 venezolanos, en el 2017 la cifra se elevó a 109.778. Para 2018, según Migraciones, ya rozaban los 660.780.

—Pum, pum, pum. La puerta sonó varias veces. La mayoría alquilaba cuartos por acá cerca y venía en busca de ayuda. Otros no tenían dónde ir y empezamos a recibirlos. Fue increíble. Después el barrio fue bautizado como el barrio chamo. Recibimos a diez familias, quince, pero después fueron tantas. Llegó el éxodo. La casa se volvió en esto que ves. Sin que nos diéramos cuenta.

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Al día de hoy, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), Perú alberga a unos 830.000 venezolanos y es, después de Colombia, el país sudamericano con más migrantes de esa nacionalidad. Se trata de la ola migratoria más importante del siglo XXI.

El albergue Sin Fronteras, que devino de ese pedazo alquilado por René Cobeña, es el más grande del país: viven 120 migrantes venezolanos —y también colombianos, argentinos, haitianos. Unos 7.000 refugiados han pasado por aquí en los últimos tres años. De aquí, además, salieron donativos para otros 3.000.

En octubre de 2018, Angelina Jolie lo visitó como embajadora de la Agencia de las Naciones Unidas. Sin Fronteras se mantiene con donativos de empresas privadas, del Banco de Alimentos, de Acnur, pero sobre todo por la gestión prodigiosa de René; su pareja, Suzel; su hijo y su hermano.

La historia del Comando COVID-19 no se explica sin todo lo anterior: ellos también tocaron esa puerta de la calle Los Olmos, cuando todas ya se habían cerrado.

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El albergue Sin Fronteras refugia a varias familias venezolanas durante la cuarentena en San Juan de Lurigancho. Foto: Aldair Mejía.

—La gente me recuerda a mi patria, chamo— dice Gerardo González Uztariz, exteniente de la Guardia Nacional Bolivariana, el hombre que dirige la escolta.

Lo llaman ‘El Mono’. Es atlético, fumador. Viudo. Padre dos niños que no ve desde el 23 de mayo de 2018, cuando huyó de Maracay, estado de Aragua, Venezuela. El régimen le envió una orden de arresto que le dejó dos opciones: escapar en 24 horas o dejar que lo desaparecieran.

Al refugio llegó por azar.

—Yo tenía pensado ir a Chile— tiene el rostro empolvado, unos ojos refulgentes—. Pero me dijeron: mira, mano, en San Juan hay un albergue, quédate ahí. Yo iba por tres días pa’ descansar, pero aquí estoy. Vine con un bolso, de país en país montándome en mulas, pidiendo comida.

Por el momento, no piensa en otro destino: a esto le puede llamar hogar.

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Él, junto a su colega Daniel Rojas Méndez, lanzó la idea de conformar el Comando COVID-19. René gestionó la compra de los equipos y empezaron a trabajar, primero en la comisaría Santa Elizabeth (donde había unos seis casos de coronavirus), luego por la cuadra y finalmente en las zonas donde no llega el Estado.

Ahora reciben unas cinco llamadas al día. Cada semana, además, contribuyen con 300 ollas comunes.

—Nos gusta, sentimos que estamos aportando algo porque nos recibieron, damos un grano de arena pero sale del fondo, vea, y eso es lo que cuenta— dice Rojas Méndez y bebe un poco de gaseosa helada.

—Independientemente de nacionalidad o credo, existe el corazón grande y la disposición de aportar— interviene el ingeniero Carlos Sandoval Onec, extrabajador de Corpoelec, la otrora segunda empresa mejor pagada en Venezuela. Debió renunciar a su cargo y a un puesto político para huir con toda su prole; lo investigaban.

Comando COVID-19 es un grupo de extranjeros solidarios que trabajan en plena pandemia. Foto: Luis Paucar.

—Gracias a Dios conocí a René y a su equipo. Es un amor que no tiene precio. Aquí se repite esa línea de Josué 1: 9. “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová estará contigo en dondequiera que vayas”.

El Comando COVID-19 se moviliza en una minivan, propiedad de David Cobeña, hermano de René, y conducida por otro integrante, Marvin Álvarez. Su hijo, Moisés Daniel, tiene 18 años y ya se unió a las filas. Es el más joven.

Moisés Daniel ha llegado a lugares donde chicos como él ya son padres de dos, tres niños. “Ya ve —sonríe— son cosas que pasan”.

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San Juan De Lurigancho está dividido en 18 comunas, cada una de las cuales contiene, además, unos 20 asentamientos. Es el distrito más difícil de la capital peruana (en 2018 registró 17.280 denuncias) y el más azotado por la pandemia (754 casos de coronavirus al cierre de este informe).

La Agrupación Familiar Virgen del Carmen —donde ha llegado el Comando COVID-19, donde el niño espulgaba al perro— pertenece a la comuna 13 y está salpicada de calles empinadas y escaleras que parecen incrustarse en un cielo límpido, de un celeste sobrecogedor. La habitan unos 600 moradores. Más de la mitad, madres solteras.

No hay agua potable —se carga en baldes de un pilón—, solo algunas casas tienen luz eléctrica y los desagües discurren entre las casas —a eso los niños le llaman “el agua mala”, el “agua fea”.

Maruja Tello, la dirigente local, guía al Comando puerta por puerta. Cuenta: aquí hay paciente con cáncer de mama, aquí otro con tuberculosis, allá un joven autista que intentó lanzarse al vacío dos veces, una anciana que permanece tendida en un catre a la cual sus hijos le frotan paños de timolina cuando delira en fiebre. Maruja, también, cuenta lo del parto.

—Ahora temprano una vecina estaba dando a luz en el piso. Gritaba, vea, suplicaba. Como sea la llevé en mototaxi para que alumbre en el hospital de abajo y no en esta tierra fea, fea, fea.

Desde el fondo, Carlos Orjuela, integrante del Comando, le dice:

—Tranquila, madre. Tranquila.

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El almuerzo se sirve a las dos de la tarde y después lavan la ropa, ordenan los camarotes, hacen gimnasia en unas máquinas desgastadas de la azotea. Rezan, miran televisión. La noche cae como una lluvia plácida, cargada de ronquidos.

—Vea, yo he vivido de todo— se jacta Carlos Orjuela Cabezas, exsuboficial del ejército colombiano, a la mañana siguiente—, estoy aquí por la fe en Dios, que es quien todo-lo-puede. Esta semana vimos enfermos de covid: pálidos, cómo tosen, cómo se retuercen. Dígame si es posible dejarlos así, cómo no ponerse a la orden.

Habla inflexible, los brazos en posición marcial. Escapó del conflicto armado en Ancuya. Sobrevivió a una detonación que le dejó el oído izquierdo estropeado y un desvío en la columna que le impidió continuar la carrera militar. Granadas de guerra dinamitaron a sus compañeros. Las balas atravesaron sus cuerpos en burbujas de sangre. Él lo vio.

—Disparos… compañero muerto. Enfrentamiento. Eso he pasado en carne propia —Carlos rompe en llanto y de inmediato se seca las lágrimas—. Pero Dios sana y estoy contando mi historia gracias a él. Ya no tengo miedo.

Por si hiciera falta especificar, está solo. A veces habla con su mamá y sus hermanas.

Comando COVID-19 es un grupo de extranjeros solidarios que trabajan en plena pandemia. Foto: Luis Paucar.

Juan Pabón Guerrero, exfuncionario del Consejo de la Judicatura de Venezuela, lo mira de lejos. José Gregorio Churión, también. Parecen recién conocidos.

—El amor no tiene frontera— se anima a hablar Juan Pabón, el más veterano del grupo—, soy creyente, de modo que donde vaya estoy al servicio del que tiene menos, aunque yo tenga poco.

Vive en el albergue junto a su esposa y sus dos niñas.

—Este es un ejército de vida. Por eso quisiera que a través de este trabajo, algún día, las autoridades peruanas nos tomaran en cuenta. Y ahí lo dejo pa’ no seguir el mismo discurso.

En unos minutos, después del desayuno, rezarán esa línea de Josué 1: 9, se tomarán de las manos, subirán a la minivan y, bajo un sol tirano de pandemia, llegarán hasta lo más alto. No habrá ápice de miedo en el rostro, ni una inflexión en su voz.

— ¡Vamos arriba, más arriba, compañeros!

— ¡Allí vamos, compañeros!

Después, cuando todo acabe —cuando sean sudor y polvo y jadeos—, solo algunos les darán las gracias.

Para ayudar:

Rene Cobeña Gomez: 922 610 019

El Comando COVID-19 pretende reunir a al menos 100 integrantes entre sus filas. Por eso solicitan apoyo con mascarillas, trajes para desinfección, lejía o guantes.