“¿Qué haces con el cuerpo putrefacto de quien amas?”: la pandemia azota a Ecuador

Féretros con fallecidos que debían ser recogidos por las autoridades para ser enterrados. Foto: EFE.

“El dolor nos ha paralizado”. La República conversó con dos ecuatorianas que perdieron a los suyos en medio de la pandemia y “convivieron” con los cuerpos durante cuatro días. Una de ellas tiene coronavirus.

Luis Paucar
03 Abr 2020 | 13:50 h

“He llorado y me he roto al ver tanto dolor. No me ha pasado hasta ahora, pero lo siento como mío: amigos, conocidos, personas que saludé alguna vez, incluso los que no conocí”.

Cecibell Balseca, residente del Guayas, en Guayaquil (Ecuador), no habla de muertos, mucho menos de fallecidos. Se refiere a ellos como “los que han trascendido”. Al cierre de esta nota, las cifras oficiales del Gobierno apuntan que son 93, pero ella asegura que pueden ser más.

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Hay videos: cuerpos regados en las calles, uno bañado en fuego. Cuerpos que nadie quiere recoger.

Por estos días, Ecuador parece el plató de una película zombi: la pandemia del coronavirus (COVID-19) colapsó su sistema sanitario y elevó la imposibilidad de acceder, por lo menos, a una muerte digna.

El desbordamiento de la situación en Guayas (suroeste), donde se registra más de la mitad de fallecidos por coronavirus en todo el país, ha llevado al Gobierno de Lenín Moreno a poner en marcha una Fuerza de Tarea Conjunta para coordinar la recolección general de cadáveres.

“Desde la semana pasada he dado condolencias a muchas personas, no sé si están en las cifras oficiales, pero es la realidad. No se puede llorarlos. Es todo dolor. Un dolor que te paraliza, ¿qué haces con el cuerpo putrefacto de quien más amas?”.

Contacto a Cecibell Balseca a través de Facebook.

Uno de sus amigos acaba de fallecer por coronavirus (COVID-19). Se llamaba Marcos; lo siguió su esposa, uno de sus hijos y su yerno.

“Otra en esa familia está contagiada, junto a siete niños, uno de ellos con 80% de discapacidad. Lo peor es que están en la casa donde vivían las personas que trascendieron”.

“A esos pequeños nadie les ha ido a tomar las pruebas para descartar si están enfermos", dice con esa voz que llega plácida en medio de la calamidad.

La paciente a la que Cecibell se refiere es Ericka. Vive en Garzota, primera etapa, Villa 28 (Guayas). Acaba de ser diagnosticada con COVID-19.

En un rato, por WhatsApp, Ericka me dirá que no puede hablar: “Es feo todo esto. Tengo tomado un 40% de los pulmones. Ya estoy en tratamiento, pero entro en desesperación y ahí se complica todo. Solo pido oración”.

Y ante la insistencia: “Por favor, oración”.

El dolor en Guayaquil se duplica

Jorge Wated dirige la Fuerza de Tarea Conjunta, creada por el gobierno de Lenín Moreno para atender la emergencia y la fulminante propagación del coronavirus (COVID-19).

Según mencionó a EFE, la vorágine “está relacionada con la poca capacidad que tienen las funerarias de dar sus servicios mortuorios en conexión con los camposantos".

A las funerarias desbordadas de trabajo, se sumaron otras, generalmente pequeñas, que se niegan a seguir los procesos por temor a contagios al desconocer la causa del fallecimiento.

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Y a esto, se sumó la dificultad que conlleva el toque de queda, por quince horas, a partir de las 14.00 hora local, en todo el país, que complica los trámites de defunción, algo que intentan solucionar ahora con la extensión de ciertos horarios de trabajo.

Por ello, con la nueva Fuerza de Tarea se busca facilitar la realización de trámites, evitar que personas salgan a las calles y entregar los documentos en el hogar en caso de que la gente desee enterrar por cuenta propia a sus muertos.

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Pero hay cuerpos que las familias han preferido que sean retirados por las autoridades. Entre el lunes y martes “hemos sepultado aproximadamente cincuenta personas”, aseguró Wated a EFE.

Ni él ni ninguna autoridad, sin embargo, escuchó a la familia de Karen Plúas: el cuerpo de abuelo permaneció cuatro días en la vivienda familiar.

Si lo recogieron fue porque uno de sus tíos buscó al gobernador del Guayas, Pedro Pablo Duart, y no se movió hasta que tomaran sus datos.

Ayer, a las 20.00, por fin lo “recogieron” de su casa, ubicada entre el Callejón Sedalana y la calle ocho (sur de la ciudad de Guayaquil), un barrio de casas bajas donde se respira soledad.

COVID-19: “No lo entiendes hasta que te toca”

“¿Qué está pasando en el sistema de salud pública del país? No retiran a los muertos de las casas, los dejan en las veredas, caen frente a hospitales, nadie los quiere ir a recoger”, alertaba el fin de semana la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, confinada desde que fue diagnosticada con coronavirus (COVID-19).

La provincia del Guayas y su capital, Guayaquil, son las más castigadas por la pandemia en Ecuador.

Guayas, con 3,6 millones de habitantes, acumula 1615 de los 2302 casos totales, la mayor parte de ellos (1116) concentrados en la ciudad de Guayaquil, una de las cifras per cápita más brutales del planeta.

“El sistema de salud está colapsado. Mi abuelo enfermó un par de semanas atrás. Tenía fiebre, tos y malestar al cuerpo. Fue al hospital a atenderse y le hicieron rayos X. Como vieron que estaba todo bien, lo mandaron a casa”, cuenta Karen Plúas a La República.

Pero las cosas no estaban bien.

“No mejoraba y se empezaba a agitar con solo caminar. Tenía dificultad para respirar. Lo hicimos atender de forma particular y una doctora dijo que tenía neumonía y que posiblemente debíamos entubarlo”.

“Lo llevaron al hospital de Los Ceibos, que es el que está atendiendo a pacientes sospechosos de coronavirus (COVID-19), pero no quisieron verlo porque no era un caso crítico”.

Y, en verdad, lo era.

“Regresó a casa y consiguieron un tanque de oxígeno: así lo tenían. Ese mismo viernes 27, por la noche, falleció. Yo creo que tenía COVID-19, pero nunca lo sabremos porque no le hicieron pruebas”.

Desde entonces, la familia de Karen ha pasado por un calvario doloroso. Debieron mudarse a una posada de sus vecinos. Allí han pasado los últimos cuatro días, la "eterna espera”.

“Así como mi abuelo hay mucha gente en casa con cadáveres de dos, tres días esperando que los recojan”.

Temerosas ante el coronavirus, las funenarias, dice Karen, han decidido ya no embalsamar los cuerpos.

“Cuando empecé a ver cosas así no quería creer. No soy de las personas que cree en todo lo que ve, pero ahora que me en mi familia nos ha tocado pasar por la situación... imagínate”.

Por eso, quizás, ha compartido una imagen en Facebook. Es un mensaje lacerante que dice así: “La ignorancia dura hasta que aparece un caso en la familia”.

Con información de EFE.

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