Ernesto Cardenal

“Cardenal vivió una vida intensa y plena y totalmente consecuente. Como poeta, como cura y como político revolucionario”.

Pedro Salinas
11 Mar 2020 | 5:44 h

Es curioso. La muerte del nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) trajo a mi memoria un recuerdo perdido. De cuando el papa Juan Pablo II llegó a Managua y se puso a saludar cordialmente al comité de bienvenida del gobierno sandinista. Uno a uno fue apretando manos, sonriente, cortésmente, hasta que le tocó el turno a Cardenal, a la sazón uno de los voceros principales del régimen. En ese instante, el cura y poeta se arrodilló (fue el único que lo hizo), y el pontífice polaco se le fue encima, con furia, agitándole el dedo índice en tono acusador, histriónicamente, consciente de que estaba siendo filmado desde todos los ángulos. Era marzo de 1983.

La imagen dio la vuelta al mundo, y Luis Fernando Figari, fundador del Sodalitium, la tenía grabada en un video. Y en pequeños grupos se solazaba exhibiéndola, disfrutando aquella severa amonestación. Yo tenía cerca de tres años vinculado al Sodalitium, pero ya había sido intoxicado con el odio hacia las ideas de izquierda. Y hacia quienes encarnaban la Teología de Liberación, cuya principal figura era el peruano Gustavo Gutiérrez, a quien todos aborrecíamos y detestábamos, porque eso era parte de la esencia de ser sodálite.

La teología liberacionista exploraba la relación entre la doctrina cristiana y el activismo político. Y Karol Wojtyla la despreciaba. Cosa rara. Al papa le molestaba que sacerdotes como Ernesto Cardenal se metieran en política, pero cuando estuvo en Polonia llegó a decirle a sus clérigos: “Participen en política, siempre y cuando combatan el comunismo”. Un doble rasero que lo acompañó durante su reinado. Los ejemplos abundan.

Como sea. A Cardenal, discípulo del célebre monje y escritor Thomas Merton, lo defenestró al año siguiente, prohibiéndole ejercer el sacerdocio. El castigo duró hasta febrero del año pasado, cuando el papa Francisco le levantó la sanción. Su fallecimiento me ha llevado también a leer todos los obituarios sobre el personaje que odié sin conocer y sin leerlo. Y me sentí, adivinarán, como un tonto de capirote.

Cardenal vivió una vida intensa y plena y totalmente consecuente. Como poeta, como cura y como político revolucionario. Con “el espíritu de lucha por el país amado”, como le leí a Gioconda Belli. Él creía que lo importante era “cambiar el mundo, porque es posible y necesario”.

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