El poder y la gloria (y II)

“Con Wojtyla, ya saben, el secretismo siguió operando eficientemente, y se siguió abusando”.

Pedro Salinas
04 Mar 2020 | 6:16 h

Si algo queda meridianamente claro en El poder y la gloria (Planeta 2007), de David Yallop, es el rol encubridor del papa Karol Wojtyla ante los abusos sexuales perpetrados por religiosos católicos contra menores. Según el pontífice polaco, la culpa de dicha epidemia era de la “sociedad moderna”.

Con Juan Pablo II el “sistema del secreto”, o de la omertà, se institucionalizó. Hasta 1981, de acuerdo a Yallop, el jefe del catolicismo ignoró toda solicitud de ayuda de víctimas de abuso clerical dirigida a él y a varias congregaciones del Vaticano. Recién el 25 de abril de 2002, Woytyla define el abuso infantil como “delito”, y ya no como “pecado”. Pero ya adivinarán. El cambio de la definición no hizo que el crimen caduque.

Como sea. “Hasta la década de 1980, Juan Pablo II y muchos de sus cardenales y obispos, entre ellos el cardenal Ratzinger, optaron por ignorar siglos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes”, anota el investigador británico.

La práctica de trasladar al religioso abusador a otro lugar sin alertar a nadie del posible riesgo se formalizó también bajo el pontificado de Wojtyla. A los padres de familia se les persuadía de aceptar un arreglo extrajudicial sobre la base de la más estricta reserva. Porque el escándalo debía evitarse. Esa era la consigna tácita. Ocultar la verdad. Proteger a los delincuentes que lucían cruces en el pecho.

“En ningún momento el papa Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger, el cardenal Casaroli ni ninguna otra alta luminaria del Vaticano consideraron el otro curso de acción: el compromiso público de atacar ese cáncer particular y erradicarlo”, enfatiza Yallop.

Juan Pablo II pretendió encapsular el fenómeno como un “problema esencialmente estadounidense”. Pero el tiempo y las denuncias periodísticas demostraron que el abuso no se circunscribía a un continente ni respetaba fronteras. Con Wojtyla, ya saben, el secretismo siguió operando eficientemente, y se siguió abusando. Porque más importante que la situación de las víctimas, fueron la reputación de la iglesia católica y la protección de sus clérigos pedófilos.

El papa polaco jamás quiso dar cara a esa pandemia clerical. Evitó por todos los medios cualquier referencia pública a ese tumor que estaba enquistado en toda su iglesia. Y jamás pronunció la palabra pedofilia.

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