Riña del Mar

El famoso festival musical no pudo escapar a la impronta de las fuertes protestas sociales que sacudieron y siguen sacudiendo a Chile.

Editorial Editorial
29 Feb 2020 | 5:30 h

Era inevitable. Desde que el pasado domingo 23 se iniciara el LXI Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, en la legendaria Quinta Vergara de esa ciudad, la marea de protestas sociales que comenzó en octubre del 2019 en el vecino país golpeó las puertas del evento. Manifestaciones, piedras, bombas molotov, detenciones. Y furia, mucha furia ciudadana.

Algunas personas exigieron la cancelación del festival, pero otras, simplemente, querían hacer escuchar su voz en este magno escenario que, cada año, convoca a cerca de 20 mil personas para escuchar a artistas de talla mundial. Esta vez, contra lo que imaginaron algunos puristas del arte musical, varios de los cantantes presentes se sumaron al coro del clamor ciudadano.

Entre ellos Ricky Martin, quien fue decoroso pero claro. “Siempre con amor y paz –dijo–, pero nunca callados”. La diva chilena Mon Laferte, por su parte, entregó sus dos Gaviotas, de oro y de plata, a una fundación benéfica, en señal de solidaridad con las protestas ciudadanas, y hasta llegó a decir sin ambages: “Si me tienen que llevar presa por lo que pienso, llévenme presa”.

El comediante chileno Paul Vásquez puso lo suyo, al presentarse en el escenario con una camiseta que decía “nada borrará la sangre derramada”. Todo eso ocurrió mientras el ‘monstruo’ de la Quinta Vergara (el público), o una gran parte de él al menos, gritaba por momentos “el pueblo unido jamás será vencido” o clamaba pidiendo la renuncia del presidente Piñera.

Incluso aparecieron manos con ojos pintados, en homenaje a las más de 400 personas que sufrieron daños oculares por la represión a las protestas sociales. ¿Se contaminó el festival con estos incidentes? Lo extraño hubiera sido que no pasara nada, que se convirtiera en una cápsula fuera de este mundo y de las calles que en los últimos meses estallaron de hartazgo.

Habría que recordar que, en ese lapso turbulento, varios artistas –desde músicos sinfónicos hasta cantantes de rock– cantaron gratis en las plazas y se sumaron a las protestas. Más aún: la mítica canción “El baile de los que sobran”, del extinto grupo Los Prisioneros, se cantó a pulmón partido en medio de las calles. ¿Cómo esperar que ese eco no llegara a la Quinta Vergara?

No es la primera vez que eso ocurre en este festival. Durante la dictadura de Pinochet y en años posteriores, varios artistas treparon a ese escenario para cantarle a la vida, a los derechos humanos, a la libertad. A costa de tumultos y, como ha ocurrido ahora, de represión en las calles. Acaso es el costo de asumir que el arte no es solo diversión sino, también, lucha y reflexión.

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